EL ABISMO DE LA POLÍTICA

Monsieur Jourdain se creyó durante mucho tiempo superior a los demás. Su padre se había enriquecido con su oficio de trapero, de modo que le pudo dar la condición de burgués. Vivía obstinado con adquirir los modales de los aristócratas que frecuentaban la corte para así llegar a ser un hombre distinguido, noble y de alto rango. Este personaje creado por Molière pensaba que su superioridad era tal que, incluso, hablaba en verso. Hasta que se dio de bruces con la realidad. Lo mismo le ha pasado a esa gran mayoría de ciudadanos que se jactaban de ser “apolíticos”. Se han dado cuenta, demasiado tarde, que la política está en todas partes. Punto para Bertolt Brecht. Ahora que el ciudadano medio se ha tomado en serio el juego, que lo sigue de cerca, ha entendido la realidad insensata que le rodea. Y por extensión, el enorme abismo que le separa de la clase política, con sus privilegios y salvoconductos.

Una vez escuché decir a Alfonso Guerra, factótum del socialismo español, que cuando se resuelve un problema aparece otro, porque la vida no es más que un conjunto de conflictos y que lo que hay que tener son canales para resolver esos conflictos. Pero, ¿qué hacer cuando es la política parte de ese problema?

Hace ya varios años que sufrimos una crisis sin parangón. Vemos a diario gente que pierde su casa o su trabajo, o como con dinero público se pagan los errores de quienes antes no compartieron beneficios. Durante miles de años el hombre ha intentado crear mecanismos de socorro, una especie de red para quienes más lo necesitan. Han sido constantes los avances desde la II Guerra Mundial. Pero una vez más hemos vuelto a constatar el fracaso de dichos intentos. Ante cualquier turbulencia, el sistema se ensaña con los más débiles. Quizás es que ya no mandan los políticos, sino ese ente abstracto que llaman “mercado”. O será una cuestión de ideología y que definitivamente la izquierda sucumbió el día que en Berlín cayó ese vergonzoso y humillante muro.

Alemania es próspera, pero como ocurre en otros muchos lugares, la brecha entre ricos y pobres se agranda cada día. Y para colmo, Merkel ha instado a maquillar el informe sobre la desigualdad social. Allí existe mucho menos paro que en España, algo que se podría achacar, porqué no, a los minijobs, formas de empleo precario que abocarán a la pobreza a millones de trabajadores alemanes, en su mayoría mujeres. Sobre todo, cuando se jubilen. No es asunto baladí.

Ahora que comenzamos a entender como se roba a los pobres para dárselo a los ricos, como la injusticia y la miseria se instalan en nuestros hogares bajo amenaza de quedarse, o como las personas se quitan la vida al sumergirse en una vorágine de problemas que los políticos salvan con fotos y guiños vacíos, es momento de dejar la poética a un lado y tomar la calle cargados de razones. Ya hemos perdido demasiado tiempo con los versos.

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