EL NUEVO VIEJO ORDEN

buscando-comida-en-los-contenedoresNunca nuestra capacidad de producir riquezas ha sido tan grande y nunca ha sido tan evidente nuestra incapacidad de poner la prosperidad al servicio de la humanidad. Peor aún, la coexistencia de la eficiencia productiva y del derroche humano no es solamente una infeliz coincidencia. Para Honoré de Balzac, “detrás de cada gran fortuna hay un crimen”. Es una explicación perfecta de lo que está sucediendo en la actualidad. La crisis es un estado natural más del capitalismo, una forma de regular las “desviaciones” del sistema. El capitalismo permite el enriquecimiento desmesurado de una parte minúscula de la sociedad,  pero también favorece unas mejores condiciones de vida de otra gran cantidad de personas. Del crecimiento nos beneficiamos todos. Por ahí vienen las conquistas políticas y sociales. Pero sin unos buenos cimientos, todas esas conquistas se convierten en un espejismo cuando nos visita ese mal cíclico al que llamamos crisis y que no es más que una “reorganización social” encubierta. Para los sectores privilegiados, los placeres de la vida sólo son inherentes a una élite. Y cuando ven en riesgo esa hegemonía, o que el nivel de beneficios no es el que esperaban, se inventan eso de la crisis, que no es más que una estafa que “regula” el mercado de forma que la exigua minoría que más tiene gana más de lo que ganaba y la inmensa mayoría mucho menos, hasta el punto de verse en serias dificultades para sobrevivir. Por no hablar de los derechos laborales y sociales que les despojan. Una herida mortal a décadas de lucha de clases que logran suturar vaciándonos las conciencias y el instinto de pertenencia. Los estudios sobre desigualdades sociales nos muestran una verdad incuestionable: en los últimos años los ricos son más ricos y los pobres cada vez más pobres. La diferencia que se abre empieza a ser abismal. Poco o nada han cambiado las cosas respecto al siglo XIX, cuando el capital de la incipiente era industrial veía en los ciudadanos poco más que fuerza productiva. Es lo que me lleva a pensar eso de que nunca se ha producido una verdadera revolución social. Si ven la película “Daens”, que transcurre a finales del siglo XIX, estoy seguro de que se verán reflejados en ella. Han pasado dos largos siglos. Sin embargo, las condiciones y los principios que rigen el mercado siguen siendo los mismos.

La crisis es un invento de aquellos que antes compraban una materia prima por 10 euros, tenían 5 euros de coste de producción y vendían el producto por 20 euros, por lo que ganaban 5. Por lógica, en una situación de crisis, la materia prima se encarece, de forma que pongamos que pasa a costar 20 euros. Por el contrario, en toda crisis se deben reducir costes (baja el salario, despido más barato…). Pero pongamos que el coste de producción se mantiene en 5 euros. El producto final lógicamente se encarece en la misma proporción que la materia prima. De esta forma la venta será de 40 euros, por lo que el beneficio será de 15 euros (40 – 20 – 5). Ésta es la situación en un escenario de crisis por extraño que parezca: las ganancias son superiores. Cuando la política deja al margen su cometido legislador y en virtud del crecimiento permite una desregulación, aparece la especulación. Y resulta que aquellos que especulan son los mismos que tienen grandes sumas de capital, aquellos que nos venden los productos y que los han encarecido para que tengamos que acudir a sus bancos a pedir créditos para comprarlos. De esa forma, ganan dos veces: una, el precio al que nos venden el producto final y dos, los intereses que nos han impuesto para hacernos con él. Con esta fórmula que parece sencilla nos convierten en presos. Mientras todo marcha bien no hay problemas, pero éstos surgen cuando perdemos el empleo (recordemos la reducción de costes en periodos de crisis) o cuando nos bajan el salario. Entonces aparecen créditos a las que no podemos hacer frente, o la necesidad de pedir nuevos créditos para pagar los anteriores. Es lo que le ha pasado a las administraciones, con la particularidad de que éstas nos han tomado por tontos y nos hacen pagar, también, las deudas contraídas por entidades privadas (que son el 60 % de la deuda total española). Nuestros acreedores, alemanes en su mayoría, igual que el banco con el que usted tiene la hipoteca, lo que intentan es que sigamos comprando su producto y que le paguemos. Nos seguirán dando créditos para aumentar la dependencia para con ellos. Y el Estado, con menor capacidad recaudatoria en tiempos de crisis, en lugar de legislar y fiscalizar sobre los grandes capitales, se va a lo fácil (quizás por imposición alemana): recortar gastos en los servicios que ofrece el Estado. Y ahí algunos ven la oportunidad  perfecta para hacer negocio con la sanidad, la educación, las pensiones o la dependencia. ¿Pero cómo es posible que la universalidad y la gratuidad de todo esto se consiguiera en los años 80, cuando la renta per cápita de los españoles apenas era de 6.000 euros, y ahora no se pueda mantener cuando tenemos la renta per cápita que supera los 32.000? Sí, yo también creo que es un gran misterio de la ciencia.

Un ejemplo ilustrativo de lo que sucede lo extraemos de un informe del CNMV: las grandes empresas que cotizan en la bolsa española han ganado más en 2011 y 2012, en un contexto de deterioro de las cuentas, que antes de la crisis. Es el caso concreto de “El Corte Inglés”. En 2011, la compañía ganó 210 millones de euros, un 34,3% más que en el ejercicio anterior.  En la misma tesitura están Inditex, Santander, Endesa, Iberdrola, Mango o Mapfre, entre otros. Los datos contrastan con los 8 millones de españoles que se encuentran actualmente en riesgo de exclusión, en el umbral de la pobreza. Hasta hace poco, eran personas que habían adquirido un coche, una vivienda y que hasta disfrutaban de unas merecidas, aunque cortas, vacaciones con la familia. Hay quién dirá que vivieron por encima de sus posibilidades, lo cual es ridículo. Entonces tenían un trabajo y un proyecto de vida que destruyeron. Ahora gente como ésta paga la crisis que otros iniciaron para incrementar sus beneficios. Éstos sí que viven por encima de sus posibilidades. Hace unos días, Baltasar Garzón defendía en “Salvados” que a esas personas execrables se les podía acusar de crímenes contra la humanidad. No es tan diferente a lo que dijo 2 siglos antes Balzac. Es la historia de siempre que se repite.

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