NEGRO SOBRE NEGRO

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Llegamos a la última fecha del calendario asumiendo que lo que viene no será mejor de lo que vivimos. Hasta Merkel lo anunciará hoy mismo en un mensaje televisado en Alemania poco antes de que tomemos las uvas. A medianoche dejaremos un año negro para entrar en otro quizás más oscuro. Esta aseveración me recuerda el título de una de las obras cumbres de Leonardo Sciascia, “Negro sobre negro”, un libro de 1979 que más que girar en torno a la atención y la polémica se centró en el implacable diagnóstico sobre la realidad social de Italia, un país “sin verdades”. Tampoco hay verdades en la sociedad que vivimos, en las respuestas que nos ofrecen quienes nos gobiernan ni en las soluciones que nos imponen.

La única verdad es la austeridad que nos aplican y el consecuente deterioro de todo aquello que conocimos y disfrutamos un día. Los Estados empiezan a ser desposeídos de su principal valor, aquel que motivó su creación: dar respuesta a esos millones de ciudadanos que no pueden construir por sí mismos escuelas ni universidades para sus hijos; hospitales para sus familiares; carreteras para moverse o fábricas en las que trabajar. La última desvergüenza la ha protagonizado el gobierno portugués, al que no le ha bastado los ingentes recortes en sanidad, sino que ahora, además, ha pedido a sus ciudadanos que no enfermen. En la misma línea se expresaba ayer Esperanza Aguirre, que aprovechando la vuelta a España de Carromero para cumplir prisión (de momento), atizaba a Cuba. Pero a la omnipresente Aguirre no le molesta la falta de libertad en la isla, sino la imposibilidad de que neoliberales como ella puedan expoliarla.

Grecia es un reflejo de lo que pretende el capitalismo: la desaparición del Estado democrático y de derecho, y su sustitución por empresas. En España el modelo que fomentan las escuelas de negocios es Inditex, una empresa que no concede entrevistas; no contrata personal de refuerzo en navidades y obliga a sus empleadas a trabajar 12 horas diarias, a pesar de que sus ventas aumentan considerablemente; tributa sus ventas online en Irlanda, donde el impuesto de sociedades (12,5%) es la mitad que en la mayoría de países de la UE; y fabrica en lugares donde no se respetan los derechos humanos y medioambientales. Todos estos pecados son purgados con un donativo de 20 millones de euros a Cáritas sin que nadie se sonroje. Hannah Arendt solía decir que generalmente la compasión no se propone cambiar el mundo, sino aliviar el dolor del que sufre. Pero el momento para la caridad ya pasó, ahora es el de la justicia, la igualdad y la equidad. Así lo entendieron en mayo de 2011 miles de indignados que salieron a las calles de toda España. El movimiento se extendió por todo el mundo y ha logrado que la identificación de los multimillonarios como el origen del sufrimiento de las masas populares resuene por todas partes. Las desigualdades han ido en aumento en la última década y hemos presenciado cuatro años de crisis que las compañías corporativas han aprovechado para acumular una riqueza obscena, mientras que millones de personas se iban hundiendo en el desempleo y en niveles hasta ahora inéditos de pobreza, hambre e inseguridad. El éxito internacional del movimiento indignado se debe a que la mayor parte del planeta está bajo el dominio del capitalismo. El sistema de la plusvalía genera automáticamente multimillonarios y pobres y, cuando entra en crisis, masifica el desempleo y la miseria.

El capitalismo ha generado periódicamente docenas de crisis cíclicas por lo menos desde 1825, cuando la primera auténtica crisis de sobreproducción internacional azotó al planeta. Pero la crisis actual va mucho más allá de aquellas crisis cíclicas normales. Cualesquiera que sean los auges y las caídas, nada podrá sacar al sistema a largo plazo de este callejón sin salida: ni los billones de dólares inyectados en rescates bancarios y corporativos ni los invertidos en gasto militar para guerras e intervenciones limitadas ni mucho menos cualquier cura cosmética que se aplique en la herida económica bajo la forma de “estímulos”. Keynes ya no será suficiente. Lo necesario es cambiar el sistema. Ahora que acaba este año maldito y empieza uno que no pinta mejor, reconforta recordar a gente como Sciascia. Falta nos hace a los que despedimos un 2012 fatal. Sciascia fue, en algún momento y como dice Juan Cruz, como la palabra ojalá. La ilusión no podrán quitárnosla por muy oscuro que se ponga el horizonte.

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