GUERRA DE CLASES

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Mark Twain decía que “los ricos son diferentes de ti y de mí”. A los que están arriba en la escala social les resulta difícil imaginar cómo es la vida de los de abajo. Este hecho no les hace peores, sencillamente les hace “diferentes”. Puede que, a estas alturas, los de arriba aún no hayan advertido la crisis en la que nos encontramos sumidos el 99 % de los mortales. Los de arriba habitan un mundo cerrado de superricos que compiten constantemente por poseer objetos de lujo más caros que el prójimo, independientemente de su utilidad práctica. Compiten por hacerse con una franquicia NBA, con una isla en el Pacífico o por comprarse una propiedad en “La Zagaleta”, una vasta urbanización cerrada en los valles y las montañas de Marbella, a 15 minutos del mar.

Hay dos campos de golf en “La Zagaleta”. El segundo no lo usa nadie, pero se cuida con el mismo mimo que el primero porque se entiende, agrega valor a la zona. En este lugar paradisíaco, las casas se suelen vender con mobiliario incluido. Es lo que menos les preocupa a quienes se hacen con estas viviendas pues, salvo excepciones, son cuartas o quintas residencias, casas vacías durante todo el año, a excepción de dos o tres semanas. Mantenerlas a punto, sin embargo, tiene un coste anual de unos 300.000 euros. Las condiciones financieras para acceder al paraíso para millonarios son estrictas: la sociedad exige que el aspirante tenga un patrimonio diez veces superior al de la vivienda que adquiere. Una cifra nada desdeñable si tenemos en cuenta que el precio de estas viviendas suele oscilar entre los 8 y los 30 millones de euros.

Para nosotros los de abajo, sin embargo, la vivienda es un derecho constitucional sobre el cual está prohibido tajantemente cualquier intento especulador. En los años precedentes, la elevada demanda nos llevó a la nada absurda situación de construir más casas que Alemania, Francia e Inglaterra juntas. Ahí es nada: España sola levantaba más viviendas que las tres economías más fuertes del continente. En esto, también, podemos decir que somos campeones de Europa y, si me apuran, del mundo mundial. Lo que pasa es que los españoles somos unos catetos y sólo salimos a la calle para celebrar éxitos deportivos. Los éxitos económicos y sociales los festejamos en casa con caviar y buen champagne francés.

La destrucción excesiva de empleos; las regulaciones salariales; las abusivas hipotecas; los desahucios cada vez más frecuentes o la pérdida de derechos, son sólo algunas de las consecuencias de aquellas borracheras excesivas de delicatessen y burbujas. Desde principios de los años 80, con la hegemonía de la revolución conservadora, los ricos han ido haciéndose riquísimos, mientras que los pobres y los menos pobres sobrevivían. Desde el año 2007, los extremos se han ido alejando. El planeta parece haber hecho un lamentable viaje de ida y vuelta, deshaciendo el camino de bienestar y equidad (que va mucho más allá del término igualdad) que tanto nos costó construir después de la II Guerra Mundial, cuando la caridad dejó paso al reconocimiento de derechos. La regresión ahora parece huérfana, pero tiene muchos padres. La desregulación de los mercados, el “todo vale” con tal de crecer, ideología imperante en los países anglosajones y exportada al resto del mundo (también a China), tiene el (des) honor de figurar como principal mal.

La desigualdad económica exacerba los problemas. Las probabilidades de disfrutar de una larga y saludable vida, de estudiar, de encontrar un buen trabajo, una confortante residencia o, pareciera banal, de ser feliz, está estrechamente relacionado con la renta. Lo que cuenta para la sensación de bienestar de un individuo no es solo su renta en términos absolutos sino su renta en relación con los demás, la preocupación por su consumo comparado con el de su vecino. El no ser menos trabajando igual. En definitiva, no quedarse atrás en una distribución cada vez más regresiva de la renta y la riqueza. Quienes tienen el poder (y la riqueza) lo utilizan para reforzar sus posiciones económicas y políticas o, como mínimo, para mantenerlas, pero también intentan condicionar la forma de pensar. Para ello, usan los medios de comunicación despiadadamente. De ahí la importancia de estar prevenido ante ellos (como aconsejaba Malcolm X). Sólo así, con la “concienciación” pueden hacer aceptables las diferencias de ingresos que de otra manera resultarían odiosas.

Podemos seguir engañándonos, pero la “guerra de clases” aún existe, aunque ahora los partidos socialdemócratas y obreros estén en fase de hibernación. Esta situación de crisis no es mala para todos, hay quien saca réditos de ella. Son los menos. La mayoría la sufren. Con la crisis, se disparan las desigualdades: el de abajo apenas puede sobrevivir y el de arriba se las ingenia (con el beneplácito de nuestros representantes públicos) para seguir ganando dinero. Sin ir más lejos, el mismo día que se hacía efectivo el traspaso de la gestión de seis hospitales y 27 centros sanitarios de la Comunidad de Madrid a manos privadas, a razón de un ahorro de 200 millones de euros, la Asamblea aprobaba reducciones fiscales por valor de 1.800 millones para el casino del magnate Adelson. Sí, esto es fruto de una sociedad enferma. Enferma de ética, pues no hay nada más vil que enriquecerse con la desgracia ajena.

Pinchada la burbuja inmobiliaria, la última oportunidad para hacer negocio está en aquella asistencia que el Estado ofrece al ciudadano. De ahí la insistencia de la derecha por los recortes en la Sanidad. Primero legislan y luego se forran. Con los movimientos que se están dando en Madrid, los hospitales públicos empiezan a quedar en manos de empresas y fondos de capital de riesgo extranjeros, principalmente del Reino Unido. Éstos operan a través de los tres grupos empresariales privados que gestionan la sanidad pública en España: Capio, Ribera Salud (Adeslas y Sanitas) y USP-Quirón.

Al contrato para la gestión de seis hospitales conseguido recientemente por la empresa que asesora el ex consejero de Sanidad de Madrid, Juan José Güemes, hay que añadir todo un escandaloso y perfeccionado entramado orquestado por el PP madrileño. De él forma parte Manuel Lamela, otro ex consejero. Máximo dirigente de “Madrid Medical destination”, sociedad privada dedicada al turismo sanitario, tiene entre sus socios a Capio Sanidad. Lamela ingresa en concepto de comisiones 1,8 millones de euros al año. Otro de los que se beneficia es José Manuel Romay Beccaría, ministro de Sanidad en el primer Gobierno de Aznar, ahora patrono de la fundación renal FRIAT, concertada con la sanidad ¿pública?  Desconocido para muchos, Antonio Burgueño es el actual director General de Hospitales de la Comunidad de Madrid. También es el padre del jefe de la unidad de negocios de Ribera Salud y está muy bien relacionado con empresas y procesos previos de privatización en otras comunidades  que han sido, posteriormente, adjudicatarias en Madrid. En este elenco no puede faltar la hermana de María Dolores de Cospedal, Rosario. Ella preside “Genómica”, empresa patrocinadora de las empresas beneficiarias. El marido de la secretaria general del PP, Rodrigo Rato y otros altos dirigentes de la derecha española también participan del pastel. Y hasta Esperanza Aguirre tiene ingredientes puestos en él: abandonó la presidencia de la Comunidad en pleno arrebato privatizador para no desgastarse y, una vez quemado Rajoy, resurgir cual ave fénix para guiar a los conservadores de toda España.

Es importante concienciarse sobre la desigualdad galopante, la existencia (sí, aún en el siglo XXI) de la guerra de clases y de la necesidad de combatir las injusticias. El multimillonario Warren Buffett lo dijo claro en una de esas sentencias que le caracterizan: “durante los últimos 20 años ha habido una guerra de clases y mi clase ha vencido”. Se equivocaba: tan sólo consiguieron ganar una batalla.

Hace casi tres siglos, Adam Smith advertía de que ninguna sociedad prosperaría si la mayoría de sus miembros eran pobres y desdichados. Puede que no todos puedan aspirar a comprarse una residencia en “La Zagaleta”, pero todos deben aspirar a tener las mismas oportunidades que su vecino, independientemente de sus rentas. Aspirar a que nadie haga de su derecho a la vivienda y a la sanidad un negocio. En la enfermedad, todos somos iguales.

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