ROBAR EN TIEMPOS REVUELTOS

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La dimensión del “caso Bárcenas” comienza a ser “sobrecogedora”. Más de lo que cualquier avezado analista político podría haber soñado. Cuesta imaginar que los mismos que nos piden un esfuerzo casi vital estén involucrados, por acción o sumisión, en una trama tan extensa. El supuesto “Barcenagates” sería a la corrupción lo que la paloma a la Santísima Trinidad. Los otros dos pilares son la Gürtel y el “caso Nóos”. La cuadratura del círculo. Pero no son los únicos sucesos de un sistema podrido en el que día sí y día también conocemos un nuevo y sonrojante caso. Nadie puede tirar la primera piedra porque nadie está libre de pecado. Esto nos da debida cuenta de hasta dónde llegan los vínculos de la corrupción: desde un simple militante de un partido a un miembro de la familia real, pasando por un chófer de la Junta que podía extender cheques y por un cacique gallego, que llegó a liderar el PP de Orense (y la Diputación) a través del compro sistemático de votos.

En países como Italia o España, la corrupción viene de atrás. Aquí, la administración del Estado históricamente ha sido opresiva, pero débil al mismo tiempo. El consiguiente vacío de poder fue entonces ocupado por redes clientelares. El resultado al llegar el siglo XIX es que si hubo falseamiento de elecciones en otros países, en España o en el “mezzogiorno” italiano el régimen político estaba bajo el dominio absoluto de la corrupción. Una corrupción política que estaba unida a la económica, tanto por la subordinación del aparato estatal a los poderosos como en su complicidad con intereses delictivos hasta alcanzar la consagración social del gran corruptor. La situación llega a tal extremo que, en nuestro país, la más prestigiosa fundación cultural lleva el nombre de Juan March, principal financiador de la sublevación militar de 1936.

La España en que hoy vivimos se construyó sobre los cimientos de una dictadura cerrada en falso con la volátil promesa de la democracia. Una libertad mal entendida que, con la excusa del consenso, dio carpetazo a no sólo todas las masacres acontecidas, sino también al sistema de enriquecimiento ideado a costa de los perdedores por los adeptos al régimen. Bajo el halo de normalidad, éstos, o en su lugar los hijos de éstos, siguen obteniendo pingües beneficios en la nueva y democrática España, pero quizá tan oscura como la de ayer. La familia Botín por ejemplo tiene 2.000 millones de euros en Suiza desde tiempos de la Guerra Civil. Dinero oculto que ha pasado el filtro gracias a la amnistía fiscal del Gobierno. A nadie se le escapa a estas alturas el enriquecimiento de algunos en plena guerra o franquismo gracias a las expropiaciones sistemáticas.

El caso de Italia es distinto, pero no tanto. Un plebiscito en 1946 decidió el nacimiento de una República que se convertiría en el corazón del europeísmo. Sin embargo, la fuerte imbricación de la mafia con la administración, sobre todo en las zonas más deprimidas, condicionó desde el principio la nueva Italia. La corrupción era un monstruo de tres cabezas al que nadie se atrevió hacer frente hasta que lo hicieron los jueces Falcone y Borsellino, ambos asesinados por la mafia. Por aquellas fechas (1992), el fiscal Antonio di Pietro encabezó la operación “Manos Limpias”, haciendo caer a la mayoría de los diputados por corrupción. A esa ingente trama se denominó “Tangentópolis”, pues se basaba en un círculo de relaciones económicas según el cual los políticos recibían importantes pagos (tangenti) a cambio de proporcionar contratos, obras y subvenciones con dinero público de acuerdo con un riguroso orden preestablecido y no menos estrictos porcentajes de distribución entre los partidos con poder (socialistas de Craxi y democristianos sobre todo). ¿Les suena?

Con “Tangentópolis” se vino abajo todo el sistema político italiano, algo que en España no ocurrió con los casos Flick, Filesa, Casinos, Naseiro, Pallerols o Millet, con los cuales se demostró la financiación ilegal de partidos como el PSOE, el PP o CIU. Las causas fueron archivadas o sobreseídas.  Veremos a ver qué ocurre con el “Barcenasgate” y la Gürtel, aunque en nada ayuda el código penal español, por el cual los delitos de financiación ilegal de partidos prescriben a los 4 años y los de fraude fiscal, malversación y cohecho, a los 5. Un negocio.

La situación de los partidos en nuestro país me recuerda mucho a “El Gatopardo” de Lampedusa. En una de sus escenas, un funcionario piamontés llega al pueblo de Donnafugata para ofrecer al príncipe don Fabrizio la posibilidad de ser senador del nuevo Reino de Italia. Sin embargo, el príncipe rechaza la oferta alegando que está demasiado ligado al Antiguo Régimen, a lo que el funcionario responde: “algo debe cambiar para que todo siga igual”. La estrategia del ventilador (echar la porquería por todas partes) o la tesis de la manzana podrida (culpar a personas concretas) ya no debería remediar lo inevitable: la hora de una regeneración política. Claro que tras “Tangentópolis” a Italia no le fue mucho mejor.

No obstante, es más conveniente intentarlo. Perpetuar el sistema nos llevaría, más pronto que tarde, a una escalada de violencia como ocurre en nuestra vecina Grecia o, un poco más lejos y salvando las distancias, en la Alemania nazi. El hambre, el miedo y la corrupción suelen ser una mezcla fatal para la democracia. O terminamos con esas lacras  o esas lacras acabaran con nosotros.

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Una respuesta a “ROBAR EN TIEMPOS REVUELTOS

  1. Pingback: Ciclogénesis, PP y ciudadanía | [rbw·

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