VICTORIAS INFALIBLES

papa interructusA principios del siglo III a. C., el belicoso territorio del Epiro, al oeste de Grecia, era gobernado por Pirro, un rey guerrero en cuerpo y alma. Hoy, Pirro es considerado uno de los generales más sagaces de la antigüedad, pero a  él le corresponde también el dudoso honor de dar origen al término “victoria pírrica”.

Tal acepción nace cuando los ciudadanos de Tarento, una antigua colonia griega del sur de la península Itálica, solicitaron ayuda a los epirotas, ya que temían ser víctimas del expansionismo de Roma. Pirro vio la oportunidad de llevar su influencia al otro lado del Adriático y fue allí con un formidable ejército. La primera gran batalla tuvo lugar en Heraclea, al norte de Tarento. Aunque los elefantes atemorizaron a las huestes romanas, éstas se mantuvieron firmes.  Pese al alto precio pagado (por el número de bajas), se impusieron los hombres de Pirro. Sucedió lo mismo cuando, el año siguiente, el monarca “bárbaro” decidió asediar Asculum. Un contingente de 45.000 romanos intentó romper el asedio. Pese a acabar con la vida de miles de epirotas, no lo lograron. Después de la retirada romana, una persona cercana a su círculo felicitó a Pirro por la victoria, a lo que el estratega contestó: “sí, otra victoria y estamos perdidos”.

Eso mismo debió pensar Pier Luigi Bersani el pasado lunes, cuando comenzó a discurrir el recuento de votos y, ante la sorpresa general, Berlusconi tenía casi tantas papeletas como él. Hace unos meses, y legitimado por un proceso de primarias, Bersani parecía no tener rival. El camino hacia la presidencia del Consejo de Ministros estaba despejado. Pero nadie contaba con que Berlusconi es un felino que aún no ha agotado todas sus vidas.

“Il Cavaliere” sabía desde hace meses que, para sortear los procesos judiciales que pesan sobre él, tenía que apartar su apoyo al gobierno tecnócrata de Monti. Y después de ello, recuperar el crédito perdido después de su salida en falso y el triste episodio del “bunga, bunga”. Sabía que lo conseguiría empujado por su discurso populista; su poder económico y mediático (posee un vasto imperio comunicativo) y la idolatría que le profesan millones de italianos que quieren ser como él, o se sienten seducidos por el personaje. Silvio aparece ahora como un hombre enamorado (poco importa la diferencia de edad con su enésima novia). Y además, la suerte le sonríe, fichaje del efervescente Balotelli y baño futbolístico al mejor equipo del mundo incluido.

Berlusconi se quedó a pocos votos de dar la campana y ganar las elecciones, lo que pone en entredicho la capacidad de Bersani, del PD y de regeneración de la sociedad italiana. Además de la pírrica victoria del líder del centro-izquierda hay que destacar el fracaso estrepitoso de Monti, el hombre de Europa y de los mercados. “Roma no paga traidores”, debieron pensar sus conciudadanos. En el lado opuesto, el movimiento del cómico Beppe Grillo. Sus resultados han sido “estelares”. Desde que irrumpió en política (aunque defendiendo su antítesis, la antipolítica) ha dejado claro que su intención es cambiar Italia. Ahora puede hacerlo, pero sin embargo Grillo hace oídos sordos a los cantos de sirenas, a las señales que le manda Bersani para formar un gobierno de estabilidad. Será difícil, sin embargo, mantener a raya a todos los cargos electos de su formación, cada uno de ellos hijos de su padre y de su madre, que han llegado al Congreso y al Senado por casualidad (mediante un vídeo-entrevista a través de youtube). Cada uno tendrá su sensibilidad y un nivel diferente de responsabilidad. El “Movimiento 5 estrellas” huele a descomposición.

Alguien debería recordarle a Grillo aquello de “sic transit gloria mundi” (“así pasa la gloria en el mundo”). La frase procede de una reflexión del beato Tomás de Kempis (siglo XV). Se le cita tres veces al Papa en la ceremonia de su elección para que sea consciente de la fugacidad del poder o de la fama. Algo similar a aquel “memento mori” (“recuerda que has de morir”), que un esclavo repetía al oído de los generales victoriosos que desfilaban por las calles de Roma. Una forma, en ambos casos, de mantener al líder con los pies en la tierra.

Pero hoy el que ha visto pasar la gloria del mundo, el que ha vuelto a poner los pies en la tierra ha sido el “infalible” Benedicto XVI. Antes tuvo que dar un paseo en helicóptero de apenas 20 minutos que le ha llevado desde la Ciudad Eterna, “Urbe et orbi”, hasta la residencia elegida para su retiro, Castelgandolfo. Se han cumplido los presagios (simple casualidad) del segundo “Libro de los Reyes”, capítulo 2, versículo 11: “y mientras iba conversando  por el camino, un carro de fuego, con caballos también de fuego, los separó a uno del otro, y Elías subió al cielo en el torbellino”.

Benedicto XVI se va como llegó, pronunciando bellos discursos. Lástima que sus hechos no hayan alcanzado el mismo grado de aprobación. El balance de sus casi 8 años al frente de la Iglesia es bastante pobre, aunque es difícil saber qué grado de responsabilidad tiene en ello. Me da la impresión de que detrás de su adiós se esconde mucho más de lo que nos cuentan. De que nunca hemos llegado a conocer al verdadero Ratzinger.

¿Quién es Joseph Ratzinger? ¿El soldado adolescente al servicio del nazismo? ¿Un eclesiástico reservado que quiso encaminar las malas conductas de la Iglesia? ¿El cardenal prefecto que dirigió con puño de hierro la Congregación para la Doctrina de la fe? ¿El intelectual y visionario teológico? ¿El teólogo progresista que en 1970 llegó a firmar un documento contrario a la duración vitalicia del cargo de obispo y del celibato? ¿El vigilante de la ortodoxia más pura? Ratzinger, como Benedicto XVI, sigue siendo todo un misterio.

Dentro de poco tendremos una Iglesia con dos Papas. Pero ahora se va Ratzinger y deja vacante el trono de San Pedro. Vacío y lleno de dudas: filtraciones en la curia; el goteo constante de denuncias sobre casos de pederastia; las peticiones, nunca escuchadas, de mayor colegialidad en la Iglesia; una mayor sintonía con las preocupaciones de los fieles; los escándalos del OIR (el banco Vaticano) y hasta una vasta red de lobbys que operan en la Ciudad-Estado. Sí, se va Benedicto XVI vencido por sus adversarios. Pero la victoria de éstos es una victoria pírrica. Todo depende de quién sea elegido nuevo Papa y de las intenciones que persigue con su despedida el cardenal alemán.

Veremos que pasa. Tratándose de cosas divinas todo es posible. Hasta escuchar a Benedicto XVI, para poner punto y final a su Pontificado, eso de: “hubo días de aguas turbulentas en los que el Señor parecía dormir”. Quizás no recuerde que, por mucho menos, un tal Ratzinger apartó a Hans Küng de la Iglesia católica. Definitivamente, el Papa ha dejado de ser “infalible”.

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