LA IGLESIA DEL NUEVO MUNDO

papa argentino de espaldasNo existe una Iglesia única y verdadera. Quizás ésta se encuentra en el interior de cada uno de nosotros. Existirían, por tanto, múltiples iglesias, todas verdaderas. Por eso, mantener el equilibrio entre las diferentes iglesias se antoja una ardua tarea.  Ayer ya aventurábamos que nunca el poder se ha sentido cómodo lejos del dinero. Ni nunca el dinero ha pertenecido a los desfavorecidos. He aquí la razón por la cual no podíamos esperar más que el triunfo del status quo, del orden dominante, en la decisión cardenalicia.

Pero a veces pasa lo impensable, que se abre una puerta o se enciende una luz inesperada. “Los débiles no suelen ganar”, decía hoy el desahuciado Mohamed Aziz mientras celebraba la histórica sentencia del Tribunal de Justicia europeo que declara abusiva e ilegal la ley hipotecaria española. Para ser sinceros, ni él ni otros esperaban la “fumata blanca”. Ha sido una auténtica sorpresa.

Algo parecido ocurrió después del “Habemus Papam”. Nadie se imaginaba al cardenal Bergoglio en el balcón central de la Plaza de San Pedro. No era uno de los favoritos, aunque el argentino ya aspiró, hasta el último momento, a ser elegido Papa en el Cónclave de 2005. Sólo su retirada hizo posible la proclamación de Benedicto XVI. Un movimiento político que ahora le ha dado resultado. Por primera vez un jesuita. Por primera vez un latinoamericano. Y por primera vez un Francisco.

La elección del nombre para su pontificado no es baladí. Bergoglio ha elegido uno significativo para mostrar su intención de seguir el espíritu de Francisco de Asís, renunciando a todo tipo de ostentación y caminando por la senda de la pobreza. Una senda que no es otra que la iniciada por Jesús de Nazaret, con frecuencia olvidada y apenas puesta en práctica. Sobre todo desde que en la Edad Media la Iglesia olvidara aquello de que su reino “no es de este mundo”. Sólo el tiempo dirá si el Papa elegido es el que necesitaba la Iglesia o si, simplemente, forma parte de una campaña de mercadotécnica para recuperar la legitimidad perdida.

Según el Evangelio (Marcos 10:45), “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. Parece que el nuevo Papa ha entendido pronto la primera demanda. Estamos en un tiempo en el que los fieles piden menos materia y más espíritu. Menos privilegios y más compromiso. Su primera aparición pública como Sumo Pontífice, de blanco inmaculado, le otorga ese primer punto. Como le diría un colega a otro: “ya sé de qué va el tema, tronco”.

En su discurso, nada nuevo, pero es significativa las similitudes que guarda con el pronunciado por Juan Pablo II en octubre de 1978. Pero a Bergoglio, lo que le hace realmente distinto es esa petición de ser bendecido antes de bendecir,  un guiño, entre otros muchos, al espíritu del Concilio Vaticano II que Wojtyla y Ratzinger se encargaron de borrar de la faz de la tierra. Pero recordemos que, según la Iglesia primitiva, éste no es su mundo. Y que según parte importante de los purpurados actuales, he ahí la llama de la Iglesia para el nuevo mundo. Para los tiempos que se avecinan: retomar la senda de lo espiritual y limpiar el nombre de la Iglesia en temas tan delicados como los económicos (IOR) y la pederastia.

Quizás el Papa recién electo se refería a eso en su primera aparición pública, a que su  reino no es de este mundo. O quizás hablaba de que, por primera vez en la historia del cristianismo, el Tercer Mundo adquiere la justificada visibilidad, se coloca en el centro de la escena eclesial y se hace presente en el Vaticano, que en épocas anteriores apenas le prestó atención y en algunas ocasiones se mostró beligerante con él.

América Latina, la cuna de Bergoglio, también es la cuna de la teología de la liberación, de las comunidades eclesiales de base, una de las manifestaciones más vivas del cristianismo de todos los tiempos, de las Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla, donde toda la Iglesia latinoamericana pasó del cristianismo, primero conquistador, después colonial y luego desarrollista, al cristianismo liberador que hizo de la opción por los pobres el imperativo ético.

En la tierra del nuevo Papa, el que vino del otro extremo del mundo, se hizo realidad de manera ejemplar la Iglesia de los pobres, siguiendo la orientación de Juan XXIII: “La Iglesia de Cristo es la Iglesia de todos, pero en los países subdesarrollados es la Iglesia de los pobres”. Pero sólo el citado Juan XXIII y su sucesor, Pablo VI, hicieron tangible dicha aseveración. Siglos atrás y tiempo adelante, la nave de Pedro marcó otro paso, siempre a contracorriente de los desfavorecidos. No es de extrañar que el otrora “provincial” de los jesuitas, hoy Papa, aparezca en controvertidas fotografías con Videla y otros mandamases de la dictadura argentina. ¿Pero es que alguien dudaba de la connivencia de la Iglesia con el poder, cualesquiera que se llame?

Bergoglio debe iniciar su andadura de frente, recordando a las víctimas de cualquier masacre. Entre ellas, la de muchos mártires de la Iglesia latinoamericana que murieron, de una forma u otra, por pregonar los votos que profesa el hoy Papa Francisco. No hacerlo le convertirían en una farsa, otra más de una malentendida fidelidad a Jesús y al Evangelio, al hombre y a la mujer de hoy. Sólo él, que viene del nuevo mundo, tiene en sus manos cambiar el transcurso de la historia o ser atropellado por ella. Bergoglio está ante la cruzada definitiva: salvar a la cristiandad o convertirse en lo más parecido que ha existido jamás al primer “papa negro”  (como es conocido el líder de los jesuitas) de la profecía con la que Nostradamus marca el final de los tiempos.

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