EL ABSOLUTISMO FINANCIERO ALEMÁN

angela-merkel-hitlerVersalles es el símbolo del Estado absoluto. El primer monarca que se instaló en este palacio fue Luis XIV allá por el año 1682 y a él le debemos el simbolismo. La vida de la corte giraba entonces en torno a su figura, concebida, según la mentalidad barroca, como una pieza teatral con el mundo por escenario. A veces ocurre, como ahora, que los clásicos se vuelven a poner de moda. Quizás esto mismo le esté ocurriendo a la señora Merkel y a su fijación por la austeridad, ese recurso tan manido para sacarnos de la crisis que nunca, y digo nunca, ha funcionado. Pero aún puede ser peor: es posible que la canciller alemana haya leído algún libro sobre el tema y que quizás lo sepa, y aún así, por intereses, siga aferrada a ella.

Sea como fuere, la presidenta alemana no se prodiga mucho en apariciones púbicas, pero como en la Francia absolutista, su vida se convierte en mito, haciendo de cada aparición una ceremonia.  Merkel es hoy lo que el “rey sol” al Absolutismo, pues vive convencida de su origen divino y entiende su corte (Europa) como un cosmos. El mito solar vuelve a ser una metáfora perfecta para controlar los designios de miles de millones de almas. En torno al sol, que ocupa una posición central, giran los objetos celestes que necesitan de la estrella para vivir.

Aprovechándose de esa circunstancia, la dorada banca alemana puso en circulación ingentes cantidades de dinero (704.000 millones de euros hasta 2009 según el Banco Internacional de Pagos) que usaron para financiar la deuda de los bancos irlandeses, la burbuja inmobiliaria española, el endeudamiento de las empresas griegas o para especular, lo que hizo que la deuda privada de la periferia europea se disparase y que los bancos alemanes se cargaran de activos tóxicos (900.000 millones de euros en 2009).  Lo contaba el profesor Juan Torres en un artículo censurado días atrás.

La conclusión que sacamos es que todo estaba estratégicamente diseñado, que se trata de una auténtica estafa a nivel planetario para sacar beneficio. Sólo así se explica que al estallar la crisis, y a pesar de que se resintieran los bancos teutones, éstos consiguieran que su insolvencia, en lugar de manifestarse como una gran imprudencia, se presentara como el resultado del despilfarro y de la deuda pública de los países a los cuáles las entidades alemanas habían prestado. De esta manera, cuando un banco está en riesgo de quiebra, o la devolución del préstamo se antoja imposible, Merkel maquilla la ayuda a éste como un rescate para salvar al país. Pero en realidad, el dinero va a los bancos centrales, encargados de recuperar cuanto antes las finanzas patrias. Para ello, la solución teledirigida por Alemania es pedir nuevos créditos para salvar los vencimientos, de forma que sí, que se paga una deuda, pero aparece otra. He aquí la cuadratura del círculo: socializar  las pérdidas, o lo que es lo mismo, hacer pública las deudas privadas.

La dinámica emprendida, por tanto, hace imposible el pago de la deuda, algo que ya en los años 90 entendieron los países sudamericanos. Ni entonces ni ahora pareció enterarse el FMI, que podría haber aprendido de ese ejemplo que bien podría servir para esta crisis, aunque en nada se le parezca. Como bien podría servir el ejemplo del “New Deal”. A estas alturas, ni los economistas conservadores se creen que con la austeridad se pueda salir de la crisis. Como tampoco creen que la deuda se pueda pagar algún día. Pero sí es un buen momento para ganar dinero (quién lo gane) y para hacer de la crisis un salvoconducto a la construcción de un modelo distinto de sociedad. Es la llamada “batalla ideológica”.

A la alemana, en su papel de astro y figura central de la trama, poco le importa la solidaridad por la que se creó la UE. Si durante años Alemania ha estado pagando una política social de calidad en la periferia europea, de la que sus habitantes ya disfrutaban, no era por solidaridad. Ni siquiera por caridad, que tan al pelo viene en estas fechas. ¿Qué se puede esperar de alguien bajo cuya gestión política se han acentuado las desigualdades en su país? A la canciller alemana, como a sus antecesores, lo único que le ha preocupado es seguir haciendo negocio.

Merkel sólo busca que se siga su dictado. Pobre de aquel que no lo haga. Lo hemos visto estos días en Chipre, donde Europa, una vez más, ha hecho un ridículo espantoso. Por cierto, durante esos días, a Merkel se le han vistos aires de conquistadora. Pues sí, señora, los ciudadanos de muchos países sí sabemos que es la “troika”. Y lo sabemos porque de nuestras penurias dependen los beneficios de su país. Ya lo dijo el asesor de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert: “el arte de recaudar impuestos consiste en desplumar al ganso de forma que se obtenga el mayor número de plumas con la menor cantidad de ruido”. Merkel, con la fórmula financiera, parece que va a conseguir lo que ni Guillermo II ni Hitler, ideologías aparte, consiguieron: una Alemania que dominase Europa. Y todo ello, soterrado bajo la apariencia de una crisis sin precedentes que no tiene solución (ni se le busca).

Pero retomemos el caso chipriota, que es de alucine. Hasta 2007, esta pequeña isla del Mediterráneo apenas tuvo impuestos. En los 90 acogió, entre otros, los 800 millones de dólares que sopló Slobodan Milosevic al Tesoro yugoslavo. Alemania, entonces, miraba a otro lado en el “coloca, lava y catapulta capitales” rusos (dinero que provenía de los más sucios y oscuros negocios, entre otros los de la especulación con el precio del petróleo). Su gran puerto, Limassol, es capital de las navieras infrarreguladas, opacas e irresponsables que se acogen a la bandera de conveniencia. Entonces interesaba Chipre, su mercado, que sus bancos y empresas contrajesen exageradas deudas con el capital alemán y, en el momento exacto, desplumarlo al estilo del absolutismo francés. O ahora que son días de ello, de crucificar a ahorradores como llevan años crucificando a contribuyentes. A este ritmo, la Via Appia particular alemana no va a dar abasto.

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