LA SOCIALDEMOCRACIA HERIDA

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Se cumplieron todos los presagios en Chile. Bachelet venció las elecciones con dos de cada tres votos depositados en las urnas. Su primera intención es seguir la estela de reformas que dejó incompleta cuando gobernó el país. Antes, tampoco Allende pudo culminarlas al ser despojado del poder por la fuerza. Los socialistas europeos, algo escasos de alegrías, se felicitaban por su victoria. Nadie reparó que, a pesar de aglutinar más fuerzas, la nueva presidenta chilena consiguió esta vez medio millón de papeletas menos que en su victoria de 2006. Por tanto, no tan “Nueva Mayoría”. También la desafección y el hastío se han instalado en la sociedad latinoamericana, cansada de promesas sin cumplir y de gestos contradictorios.

                En Europa, donde a estas horas aún sigue el entusiasmo, sabemos mucho de eso. No extraña cuando se da en los partidos conservadores, aunque debería. Sucede cuando es la izquierda la que traiciona sus valores y su historia. Estos días, las bases del SPD alemán han decidido, en la misma proporción que los chilenos con Bachellet (dos de cada tres votos), que su partido pacte un gobierno de Concertación con la CDU. Desde el punto de vista democrático,  nada que objetar, todo lo contrario. Dar la voz a los militantes para elegir si formaban gobierno con Merkel es una decisión que honra a los dirigentes socialdemócratas germanos. Pero desde el punto de vista dogmático, habría mucho que rebatir.

                Es la tercera vez en la historia que Alemania tendrá un gobierno de coalición entre sus dos grandes partidos. La segunda con Merkel. Dos preguntas asaltan, sin embargo, al progresista europeo: ¿para qué quieren ganar los socialistas las elecciones si, de una manera u otra van a estar en la primera línea de toma de decisiones? ¿Por qué nos venden la guerra ideológica, el peligro de la austeridad y la necesidad de crecimiento si al final se dan la mano con quienes simbolizan lo contrario? Misterios sin resolver.

                El pacto entre socialdemócratas alemanes y la CDU viene a confirmar una muerte anunciada, la que se produjo con la caída del muro de Berlín. Desde entonces, no es que la socialdemocracia se haya convertido en el rostro humano del capitalismo, es que se ha fusionado completamente con él. De otra manera, ninguna persona sensata se explica cómo en un momento de incertidumbre política y económica como el actual los postulados y las experiencias de gobiernos socialdemócratas, que construyeron en gran medida los Estados de bienestar que hoy se desmontan, no tengan mayor apoyo. O cómo uno tras otro van perdiendo todos los comicios en los que participan.

                La crisis de los partidos socialdemócratas se debe, en gran medida, a que adoptaron esquemas neoliberales en los años 80 y mutilaron su propia identidad. Felipe tiró la primera piedra. Luego llegó la “Tercera Vía” de Blair, que tan sólo era un “thatcherismo” sonriente.

                Más tarde, erraron en la dimensión de la crisis. Porque ésta no es una crisis cíclica más sino que esta crisis es estructural y material, resultado de la estrategia que adoptó el capitalismo desde principios de los años 70 basada en la sinergia entre globalización y aumento de la demanda agregada gracias al crédito (que traducía la producción futura en consumo presente). El impulso de esta demanda ficticia ha empujado aún más la globalización y el triunfo político del capitalismo (logró que prácticamente nadie lo cuestionara).

                Nos dijeron que ya todos éramos iguales, que se había terminado la lucha de clases, que éstas ya no existían. Y lo creímos. Y peor, la socialdemocracia no hizo nada para evitarlo. Aprendió a convivir con un sistema sin reglas, perdiendo por completo sus valores y su razón de ser.

                La crisis no sólo ha motivado el aumento de la desigualdad económica sino, sobre todo, las posiciones de poder. Una  vez más la socialdemocracia se ha adaptado al cambio pasando de ser el eje sobre el que se construyó el Estado del bienestar de la postguerra a ser el acoplamiento de su funcionalidad como redistribuidor de la renta a la hegemonía global. Hasta el estallido de la crisis porque, luego, el sistema no sólo ha producido constantes burbujas sino que ha convertido al propio sistema en una inmensa burbuja que ya es imposible de reproducir como tal.

                La socialdemocracia está herida, sí, pero reafirmo sus reivindicaciones, pues están más de actualidad que nunca. Por eso, mi apuesta clara por un reformismo igualitarista, por dar continuidad a un proyecto de progreso sostenible adoptando, para ello, medidas fiscales regresivas y una política social de redistribución sin imposiciones desde fuera (léase desde los mercados financieros, que en gran medida son los causantes de la crisis financiera mundial).

                Empecemos por reconocer la brecha entre los países del Norte (mayoritariamente ricos) y del Sur (pobres) de Europa. Diferencias que van más allá del PIB, de la situación de su bienestar o de otras consideraciones por el estilo. Mientras la derecha no comparte la idea de la deuda ilegítima, aquella que ha sido provocada por entidades privadas, la izquierda debe insistir en la necesidad de una auditoría de la deuda, con el objetivo de establecer qué parte de ésta es legítima (la generada por el Estado social) y cual no. En España, por ejemplo, la deuda ilegítima la formaría el rescate bancario.

                La deuda ilegítima, por tanto, sería toda aquella pérdida socializada por el Estado, algo común en los países del Sur donde, por cierto, antes hubo beneficios que no se repartieron por igual. Socialismo mal entendido por algunos que a las maduras sí, pero a las duras no.

                Quien a estas alturas piense que el PSOE, como la socialdemocracia en general, tiene algún proyecto alternativo al del PP, hará bien en reflexionar sobre lo que significa el gobierno de gran coalición alemán: un gobierno de “amigos” para no perder el status quo al que se han acostumbrado y del que, están seguros, no les vamos a mover. Pero cada vez menos. Las clases sociales existen y están pidiendo a gritos igualdad. Si no encuentran satisfechas sus demandas en la socialdemocracia, se irán a otra parte. La herida corre el riesgo de convertirse en necrosis.

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