EL PRECIO DE LA RELATIVIDAD

besos capitalismo y comunismoCuentan que Einstein y Chaplin mantenían cierta amistad. Se habían conocido en el estreno de la película “Luces de la Ciudad”. A su término, se saludaron por primera vez. Einstein espetó entonces a Chaplin que había admirado siempre su arte universal, pues todo el mundo le comprendía y le admiraba. La respuestas del actor no se hizo esperar: “lo suyo es mucho más digno de respeto, todo el mundo lo admira y prácticamente nadie lo comprende”. La relatividad también tiene un precio.

El precio que por ejemplo paga Cuba 55 años después de la revolución. Un alto precio por el simple hecho de no arrodillarse ante los poderes económicos. A pesar de la enorme cantidad de adversidades, la isla sigue a flote aún. Como nos cuenta la periodista Cristina Barrial, “a 90 millas del Imperio, hubo alguien que se atrevió a desobedecer”.

Pero atreverse no es una tarea fácil. Desafiar la visión del mundo, el status quo, las costumbres o las leyes que nos imponen los poderosos puede ser una losa demasiada pesada, un trago demasiado amargo que cuando no aísla, mata.

Se atrevió Martin Luther King, que luchó a favor de los derechos civiles de los afroamericanos en un mundo de blancos para blancos. Lo hizo Malcom X. Y Rosa Parks. O Ghandi y Mandela a miles de kilómetros. Todos ellos quisieron construir un mundo mejor y por ello padecieron persecución, cautiverio o, en el peor de los casos, fueron asesinados.

Y es que en un mundo en el que sólo importa el dinero, poner en entredicho al poder es una valentía extrema. Para contrarrestarte usarán múltiples métodos. Intentarán silenciarte. O comprarte. Si no lo consiguen llega la etapa del aislamiento social. Si aún así no han conseguido su propósito, usarán las leyes que ellos mismos impusieron para criminalizarte por el simple hecho de no formar parte del circo. El último método es el de la violencia. Claro que en lugares como América Latina, la última opción se convierte en la primera. Ahí tienen los ejemplos de Che Guevara, Allende o, más recientemente, Hugo Chávez.

Ejemplos hay millones. La mayoría de ellos, nombres anónimos que la historia olvidará sin que reciban ningún reconocimiento por su sacrificio.

En la España franquista, defender la libertad y el pluralismo era motivo de encarcelaciones y fusilamientos. El que no aceptaba la tesis oficial era un apestado. Algunos, incluso, por defender sus ideas, debieron abandonar su tierra, su familia, su trabajo y sus sueños. Les habría bastado con callarse. Hubiesen tenido una vida más fácil, sin duda. Pero escucharon a su conciencia y no quisieron arrodillarse. Querían legar un mundo mejor y más digno a sus hijos y nietos.

En la década de los 70, dos imberbes periodistas estadounidenses destaparon un caso de corrupción al más alto nivel. Acabaron con el mismísimo presidente: Richard Nixon. Sus vidas estuvieron en serio peligro, pero no se abatieron. Bob Woodward y Carl Bersntein se fajaron en pro de la verdad y aunque medio país los odiaba y el poder les persiguió, culminaron su trabajo. Hoy, los periodistas han abandonado esa labor investigadora, ese trabajo de campo, esa función social de poner todo patas arriba y descubrir la verdad, le pese a quién le pese. Ahora la ética, el periodismo como instrumento para cambiar el mundo, es una utopía que, como mucho, tiene recorrido en las facultades de comunicación.

El periodismo actual duerme en los brazos del poder económico o institucional. Está al servicio de los poderosos. Ahí está el caso de Hermann Tertsch, quien mientras defendía las privatizaciones de la derecha madrileña, a cuya nómina se encontraba, Telemadrid (un ente público) pagaba las costas de su juicio contra La Sexta. Años atrás, cuando el periodista acompañaba a Pérez Rubalcaba en el coche oficial, defendía otras tesis que ahora resultarían impensables. Es sólo un ejemplo de hasta donde hemos llegado.

En el extremo opuesto, miles de periodistas reciben el finiquito cada día por no plegarse a la línea editorial. Hablo de profesionales anónimos que se jugaron el tipo por la verdad y que, como recompensa, sólo obtuvieron una invitación a ver la puerta de salida. Quizá por ello la mayoría decide apostar por el camino fácil y se convierten en meros peones del sistema. Un sistema que sólo busca perpetuarse.

Los que hemos crecido con el convencimiento de que conocer la verdad es crucial para crear un mundo mejor y más justo, de que aquellos que luchaban por desvelarla eran el mayor enemigo de los poderosos y de los tiranos, nos hemos dado de bruces con la realidad. La información ya no tiene relevancia y cuando la tiene, un pueblo dormido, es incapaz de cambiar el devenir de la historia por el que tantos utópicos se han jugado el tipo. Cuando veo la sonrisa de Cristina, que escribe con pasión sobre Cuba, sobre la dignidad humana, sobre las injusticias y la desigualdad creciente, siento que terminarán cumpliéndose mis sueños de juventud, que caerán esos muros como años atrás cayó el de Berlín.

Me despierta sin embargo la triste realidad. La realidad que se vislumbra en el mundo real, fuera de las facultades. La realidad de miles de compañeros periodistas que pierden su trabajo cada día por contar lo que ve, simple y llanamente, sin atender a dictados. La realidad de cientos de miles de compañeros socialistas que cansados de defender una causa noble, justa y común abandonan un PSOE en ruinas. Se van acusados de deslealtad. El mundo nunca sabrá que jamás exigieron nada para sí, pues sólo pidieron mirar por el retrovisor o, en el peor de los casos, despertar del aburguesamiento al dirigente de turno. El socialismo lo construyen siempre los insatisfechos. Aquellos que no tienen más que perder, excepto la dignidad.

Una dignidad de la que mucho habló Primo Levi en sus libros después de defenderla con ahínco en condiciones infrahumanas. Nadie como él sabe lo que es sufrir que el mundo te dé la espalda. Su único pecado fue ser judío cuando una “moda” decidió exterminarlos.

Los afiliados al SAT, a los que los poderosos persiguen por defender a los que no tienen nada y decir lo que no quieren escuchar, coleccionan multas por valor de miles de euros. No le faltan tampoco las penas de cárcel. El sistema ha arrojado toda su estructura contra ellos porque consiguen remover conciencias y ponen en peligro el status quo. Los miembros del sindicato no tienen ya nada que perder, sólo les queda su dignidad. Una dignidad que nos invitan a defender con las marchas que culminarán el 22 de marzo en Madrid.

El desprecio, el insulto, el olvido y hasta ser agredido es lo único que conseguiremos si no nos plegamos a la moral mayoritaria (con sus costumbres y sus leyes) construida por la burguesía. Es el precio a pagar por no ser parte de este enorme circo; el precio de no sucumbir a la adversidad, de no venderse al poder, de no ponerse de rodillas. Es el precio por conservar la dignidad.

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