EL PROGRESO NO NOS HACE LIBRES

pateraQue a nivel tecnológico el ser humano ha progresado más en los últimos escasos dos siglos que en el resto de la Historia, no cabe duda.  Hace más de 100 años, Karl Marx ya advertía que la creación de falsas necesidades era una tendencia inherente al capitalismo orientada al aumento de la producción. En este sistema el consumidor desea productos de poca utilidad pero de alto coste, convirtiéndose en esclavo de caprichos. Pero hasta llegar aquí, hemos debido pasar tres fases.

La primera tiene que ver con las invenciones del siglo XIX, que respondieron a cuestiones de mejora productiva, sobre todo en el ámbito industrial. De esa forma el crecimiento se disparó y el grueso de la población pudo abandonar las condiciones de miseria.

Posteriormente, el siglo XX, más o menos hasta la caída del muro de Berlín, nos trajo una era de mejoras técnicas cuya finalidad fue hacer más fácil la vida de la gente. El ahorro de tiempo y energía era más efectivo que la dependencia que estos chismes fueron creando. Se trataba de eso, de ir paulatinamente instalando en nuestras vidas la necesidad de la tecnología.

Y así se llegó a la tercera y última fase, la actual. Tiempos líquidos, que diría Bauman, en los que una buena charla ha dejado paso al uso del whatsapp; una carta romántica a un frío email en una bandeja de entrada o una cena con velitas para dos es sustituida por un partido de fútbol virtual en la Play Station. Esta última época nos ha traído innovaciones de todo tipo, pero realmente ninguna práctica. Todas ellas nos han creado adicción al capitalismo y, lo que es más importante, borrado de la tarjeta de memoria las verdaderas necesidades humanas. Como si también nosotros dispusiéramos, como los aparatos de hoy, de una obsolescencia programada.

Al ser humano se le ha pasado el período de garantía. Quizás ocurrió hace siete u ocho mil años, cuando nuestros ancestros dejaron la vida nómada y comenzaron a asentarse y a pensar en aglutinar propiedades. El hombre es egoísta por naturaleza. Sólo eso explica que 85 individuos en  todo el mundo acumulen más riquezas que otros 3.500 millones de personas. Sólo así se puede explicar que Carmen, enferma de cáncer, víctima de malos tratos y con dos hijos a su cargo, vaya a perder su hogar por una deuda bancaria de 1.200 euros. O como la familia García Ruiz, con los que se ha cebado la fatalidad, pierda su hogar. Si no lo hacen, será por la generosidad de personas anónimas, no por unas entidades bancarias indolentes a las que, sin embargo, todos nosotros hemos reflotado: 59.000 millones de beneficios el año pasado con más de 58.000 despidos.

Ahí tienen ustedes la explicación de la crisis, que sólo es una excusa velada para minimizar los costes de producción y aumentar los beneficios. No irán a creer que Coca Cola, que planea más de mil despidos en España, tiene menos ventas, ¿verdad? Los datos demuestran que no.

Las sucesivas reformas laborales tienen como objetivo disminuir salarios. Dos años después de la última legislación el balance es desolador: un millón de empleos destruidos. Mañana, cuando ellos consideren oportuno, volverán a crear puestos de trabajo. Pero para entonces, ese millón, y otros cinco, que ahora no tienen más ocupación que la vida contemplativa, ocuparán puestos, quizá los mismos, por mucho menos dinero y trabajarán durante más horas.

Malinterpretando a Marx, la revolución sólo será posible cuando no nos llegue para el Iphone o la Tablet de turno. Pasar hambre, vivir en la miseria, quedarnos sin derechos laborales y/o sociales no nos moverá del plácido sillón. Bueno, a ellos, sí. Vienen de África y son capaces de jugarse la vida para aspirar a un futuro mejor. Ellos no leyeron a Marx. No hacía falta para saber que las autoridades están para velar por la seguridad de todos, no para darles la bienvenida a cañonazos. Por lo visto, vale más un trozo de tierra que una vida humana, tengas asiento en business o en una triste patera. El progreso, desde luego, no es lo que yo pensaba.

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