MEMORIA Y DIGNIDAD

La pregunta es, dijo Alicia, si se puede hacer que las palabras puedan decir tantas cosas diferentes. Pero para Humpty Dumpty, la pregunta era otra: saber quién es el que manda. Lo que Lewis Carroll nos contó en 1871 en “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí” sigue vigente. Por eso lo que para unos se llama DIGNIDAD, para otros se llama VIOLENCIA. Lo que para unos es un ÉXITO de más de dos millones de personas, para otros es un fracaso de un par de miles. Ya sabemos todos que las avenidas de Madrid, repletas de gente, jamás pueden sumar dos millones de personas pero que, cualquier misa, en cualquier parroquia perdida por la geografía española, por minúscula que sea, es capaz de albergar millones de almas.

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Los medios de comunicación de masas han hecho el juego a los poderes económicos y políticos. No quieren que se mueva nada en el sistema para mantener sus prebendas, ¿pero es que no os dais cuenta? Por eso cargan contra manifestantes pacíficos, para ofrecer carnaza en los telediarios, donde por cierto, no salen las noticias de las pruebas falsas creadas por la policía para incriminar a los manifestantes; ni el joven que por un bolazo de los antidisturbios ha perdido un testículo; ni el fotoperiodista al que casi le vuelan un ojo o las cargas indiscriminadas contra ciudadanos pacíficos. Sólo aparecen los manifestantes con “saña”, en palabras de la delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes. Un reducido grupo de vándalos que, vete a saber tú si fueron infiltrados para cargarse la protesta y su éxito rotundo. Acordaros del “coño, que soy compañero”. ¿O es que creéis que el sistema lo deja todo al azar?

Ya lo dijo Malcolm X: “si no estamos prevenidos ante los medios de comunicación, éstos te harán amar al opresor y odiar al oprimido”. Porque ésta, es una lucha entre opresores y oprimidos y hay que discernir muy bien de que parte se está.

Los medios son los instrumentos de los poderes fácticos, de aquellos a los que les va la vida en mantener el status quo y para ello tienen que criminalizar a los “díscolos”. Por eso nos hablan de violentos, de terroristas en las marchas por la DIGNIDAD del pasado fin de semana. ¿Es que es menos violento legislar de espaldas a la gran mayoría del pueblo? ¿O beneficiar a los amiguetes de turno? ¿O robar dinero público, de todos? No, nadie ve a Botín, a Blesa, a los de la Gürtel, el entramado de Bárcenas, los ERE fraudulentos de Andalucía o los despilfarros de la patronal y los sindicatos como violentos.

La verdadera violencia es condenar a millones de personas al desempleo crónico, al hambre, a la miseria, a perder su hogar, sus sueños y cualquier posibilidad en este… ¿Estado de Derecho? Una vez más, el que manda juega con las palabras: estabilidad económica, regulación laboral, ajuste… No hagamos caso al disfraz por el cual desmontan el Estado del bienestar, nos despiden libremente y nos recortan lo habido y por haber.  Distingamos si somos opresor u oprimido.

Dignidad, dicen, la de un hombre que nos trajo la democracia, Adolfo Suárez.  Son los mismos que hace tres décadas le dieron la espalda. Los mismos que lo traicionaron cuando el entonces presidente decidió acometer una serie de reformas fiscales para redistribuir la riqueza. Los que durante 40 años se habían beneficiado del Estado franquista no lo dejaron.

Con el lavado de cara del régimen, ya habían dado suficiente, pensaron. El origen de nuestra imperfecta democracia no viene de un proceso libre y reflexionado, sino que es producto de las imposiciones de una parte del país (la que había estado montada al coche oficial medio siglo) a otra que tuvo que coger lo que se le ofrecía. Era eso, o nada.

No puede ser el padre de la democracia alguien que trabajó para el dictador, que legitimó su España, una y grande. Los verdaderos padres de la democracia fueron aquellos que se enfrentaron a Franco, aquellos sobre los que aún hoy pesan deshonrosas penas judiciales o yacen en cunetas y fosas comunes. De Suárez aprecio que fuese capaz de dinamitar el régimen, de derribarlo desde dentro, lo cual le dignifica. Pero de ahí a ser el De Gaulle español, el padre de nuestro sistema actual, es no tener memoria. Ni dignidad. O vivir, como Alicia, en el país de las maravillas.

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