SOCIALISMO EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

               felipeeeeeHace unos días conocíamos que PP y PSOE votan conjuntamente el 73% de las ocasiones en el Parlamento Europeo. No les hace falta ningún pacto, por tanto, para sostener una política común. No, no voy a decir que son lo mismo, porque efectivamente no lo son. Es una estupidez decir que lo son. Pero está claro que en los últimos tiempos se parecen demasiado. Ambos son firmes defensores del liberalismo, de los grandes capitales y de los intereses de los poderosos. No consiento que me digan, ni me creo, que no es posible otra Europa, que están obligados a votar así en muchas materias. No es verdad. Pero es más fácil estar con quién tiene el poder que con quien padece necesidad.

                En el caso de los socialistas, han (o hemos) olvidado con mucha facilidad nuestros orígenes y a quiénes representamos. Cuando hace unas semanas leí en una entrevista a Juan Moscoso, dirigente navarro del PSOE, terminé de convencerme de la Cruzada que los dos grandes partidos, y por ente las dos ideologías mayoritarias del continente, habían comenzado. Decir, con la que está cayendo, que la izquierda debía superar de una vez por todas la lucha de clases es como afirmar que se había terminado con las desigualdades (cuando los índices de Gini de todos los países dicen lo contrario); el hambre, la explotación y otras muchas cosas más a las que los socialistas dedicaron su esfuerzo y, en ocasiones, su vida. Superar la lucha de clases es condenar la historia al ostracismo, borrar de tu mapa genético la herencia recibida. Grave, muy grave.

                El momento culminante de la Cruzada se produjo hace tan sólo unos días, cuando Felipe González, santo y seña del socialismo español, se pronunció a favor de una gran coalición entre PSOE y PP. Una de dos, o este señor ha perdido la cabeza o, peor, la vergüenza. Claro que, cómo vamos a ser iguales este señor, con maravillosas fincas en Marruecos, Arabia y Sudamérica; con amistades millonarias y entre la nobleza o con la vida resulta con ingentes ingresos económicos; y yo, un sin tierra, sin trabajo y sin contactos. ¿Podemos ambos, con el mismo carnet de militante, defender el mismo modelo de sociedad? No, no lo creo.

                Aprecio profundamente la figura política e histórica de Felipe González (no hasta el punto de misticismo con el que lo trata Valenciano) y los cambios estructurales y sociales que trajeron sus primeras legislaturas para los desheredados, pero de ahí a dejarle pasar todas y cada una de sus aventuras dialécticas, no. Los tiempos han cambiado, es verdad. Pero los principios básicos del socialismo permanecen inalienables 135 años después de la fundación del PSOE. Mi lucha sigue estando con los oprimidos que, a pesar de tanta tecnología de última generación y tanto progreso, siguen existiendo.

                Existen, por ejemplo, más de 8 millones de españoles que viven bajo el umbral de la pobreza, o en su límite; una población activa que difícilmente llega a fin de mes, que pierde derechos pero que paga impuestos cada vez mayores. Y, a su vez, existe una figura jurídica llamada SICAV por la cual Emilio Botín y Florentino Pérez pagan hasta 40 veces menos impuestos que ellos o una pequeña y mediana empresa.

                No, no somos lo mismo, pero cuando los partidos socialistas hemos gobernado en Grecia, Portugal, Irlanda, España y ahora en Francia, ningún primer ministro ha votado en contra de los rescates o se ha mostrado en contra de la austeridad en las instituciones supranacionales, cuando bastaba un voto disconforme en el Consejo Europeo para no aplicar las recetas de Merkel, pues para que se lleven a cabo se necesitaba unanimidad. Todo lo contrario, hemos aplicado recortes y no siempre en la dirección éticamente más correcta, pues hemos condenado a los pobres a más pobreza y a los jóvenes a no tener futuro.

            El PSOE, aunque ahora trate de salvarse con un decreto antidesahucios descafeinado, se alineó con la banca para seguir expulsando a la gente de sus casas y no batalló este drama hasta que se vio fuera del gobierno, sin posibilidades de cambio reales. Claro, que la condonación de su deuda bancaria y los jugosos puestos directivos a los que sus dirigentes aspiran eran incompatibles con una legislación más humana.

                Por supuesto que hay múltiples diferencias entre PP y PSOE, pero ambos pactaron, en agosto de 2011, obedeciendo al poder de los bancos en la UE, la reforma del artículo 135 de la Constitución. Los bancos modificaron nuestro ordenamiento jurídico, perdimos autonomía y dimos la espalda a quiénes más lo necesitaban, anteponiendo intereses privados a necesidades humanas. Por eso los bancos europeos han recibido ayudas públicas por valor de 5 billones de euros y, las familias, ni siquiera un flotador para contrarrestar la marea.

                Es un insulto a la inteligencia decir que PSOE  y PP son la misma cosa, pero en Europa, los socialistas se sentarán junto a los eurodiputados del SPD, partido hermano que gobierna junto a Merkel en Alemania. Más de lo mismo ocurrió con el PASOK en Grecia, secuestrando la economía helena junto a las huestes diestras.

                Decir que se es socialista no es gratuito, no basta con poseer un carnet. Hay que demostrarlo con hechos, con intenciones o, al menos, teniendo bien claro los objetivos a perseguir. No, no soy de los que el dogma no deja ver el bosque, pero sé qué modelo de sociedad quiero. Sé cuál es mi bando, el de los que necesitan la voz porque no la tienen. Lucho por una sociedad más justa, libre e igual, donde las riquezas sean redistribuidas. Una sociedad garantista que ayude al débil y ponga coto al poderoso para que, como decía Alfonso Guerra, “nadie sea tan pobre como para tenerse que poner de rodillas ante nadie, ni nadie sea tan rico como para que pueda poner a otro de rodillas”.

                Son duros tiempos para los que queremos cambiar el PSOE, modernizar sus estructuras, abrir el partido y democratizar sus procesos internos. Momentos difíciles para los que pretendemos recuperar la senda de antaño, convertir en nuestro el discurso y las preocupaciones de la calle, de la gente, que es nuestra razón de ser. Pero el partido está dividido en dos frentes, es evidente. Uno, el que apuesta por el continuismo y sonríe a la burguesía; y otro, al que se acusa de herejía y va de la mano del oprimido. Este último es el bando de “los señalados”, aquellos que jamás volverán a tener cabida en los organigramas del partido.

                Estos días estamos escuchando hablar demasiado sobre la gran coalición PSOE-PP pero nada sobre el verdadero pacto que necesitamos: la unión de todas las izquierdas en un frente común que obligue a arrodillarse a la Europa de los mercaderes ante la Europa de los ciudadanos. Y todo ello, con permiso de Guerra.

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