EL VOTO CON BOTAS

ejecutiva los mismosYa está en marcha la operación Gatopardo: cambiar algo para que nada cambie. Curioso que la obra de Lampedusa siga de actualidad medio siglo después, lo que nos lleva a una conclusión: siempre han mandando los mismos, pero bajo diversos nombres y escenarios.

Hace años, el erudito Antonio García Trevijano comentaba en un debate televisivo que el franquismo estaba vivo y en vigor, pues la Constitución había sido un golpe de mano urdido por quiénes entonces poseían el poder y que la oposición y los ciudadanos sólo habían tenido la posibilidad de refrendar un sistema impuesto menos malo que el anterior. Los resultados de las últimas elecciones europeas, que es el principio del fin del bipartidismo, la irrupción de nuevas fuerzas (PODEMOS) y la abdicación del rey, ponen de relieve los mismos problemas que España tenía hace 40 años.

Particularmente curioso es el caso de la izquierda española. Los ciudadanos volvieron a dar la espalda al PSOE en las urnas. Hace años que los españoles gritan con sus votos la necesidad de abrir esta hermética organización. Años en los que una gran parte de las bases (las que no han salido corriendo) demandamos el fin del sufragio censitario, más propio del siglo XIX, y la instauración de un sistema más justo: un militante, un voto. No basta con una consulta no vinculante antes del Congreso, queremos una democracia real y efectiva. Que la política no siga acordándose en una mesa de camilla. Ni barones ni leches, todos somos iguales y nuestro voto vale lo mismo. Basta ya de tutelas innecesarias. Estas demandas, y las de coherencia dogmática, costaron el puesto a algunos buenos socialistas, a intelectuales que nunca están de más en ningún sitio, pero sí de menos. Es el caso de mi buen amigo Rafa Fuentes. Pero también de Andrés Perelló, Juan Antonio Barrio de Peganos o José Antonio Pérez Tapias, entre otros. Éste último, con quién he compartido en los últimos tiempos profundas conversaciones, ha dado el paso adelante.

Pérez Tapias se presentará a la secretaría general del PSOE para recuperar la vía de la izquierda, tan necesaria. Y es que si el PSOE quiere regenerarse en serio tiene que decir que nacionalizará empresas (o en su defecto, aplicará un tipo impositivo superior para ellas); que suprimirá el artículo 135 de la Constitución; que pilotará una reforma laboral más justa para los trabajadores; que dedicará todos sus esfuerzos a mantener el Estado de bienestar; que dejará sin vigor los acuerdos con la Santa Sede convirtiendo a España en un Estado realmente laico y aconfesional y que abrirá un proceso constituyente para dar respuesta a la problemática territorial  (federalismo) y, cómo no, para llevar a consulta ante el pueblo soberano la organización política: monarquía o república. Lo demás es maquillaje.

No se trata de recuperar los fantasmas del pasado. Los herederos del republicanismo hoy no vivieron la II República. Elegir república en estos momentos no tiene nada que ver la experiencia de nuestro ayer, menos con votar izquierda o derecha. Es una cuestión de justicia: la de dar la voz a todos los españoles. El 70 % de ellos no tuvieron la oportunidad de votar en 1978 la Constitución, ese magma indisoluble en el que también se votó la aceptación monárquica. O sea, una consulta tutelada, hecha con maldad por los siempre vencedores.  Trasladando esto mismo al PSOE, y con la experiencia de Almunia y Borrell no tan lejana, me atrevo a pedir a sus dirigentes que dejen de mirar por su status, que tengan altura de miras. Es hacer lo que hay que hacer o relegar al PSOE de la esfera política. Convertirlo en un mero partido residual, caso del Partido Socialista Italiano, el PASOK en Grecia o los socialistas portugueses.

¿Y qué es lo que hay que hacer? Pues una catarsis. Y esa catarsis empieza por reconocer el error de la reforma constitucional, realizada con nocturnidad y alevosía. Pero también por ser coherentes con los valores y reclamar una consulta sobre la sucesión monárquica. Y cómo no, elegir por primarias abiertas al candidato a la presidencia del Gobierno y bajo la fórmula de un militante un voto al secretario general. Eso implica además cambiar el discurso, recuperar la izquierda y renovar la primera línea de flotación del partido, cuyos rostros ya no tienen credibilidad. No es un problema generacional. O no únicamente.

En “La gran masacre de gatos”, de Robert Danton, los aprendices de una imprenta no podían dormir por las noches por el maullido de los gatos, cosa que ponen en conocimiento del patrón, que como era de esperar no les hace caso. En esas circunstancias, son ellos mismos los que, por las noches, comienzan a hacer ruido para despertar a su jefe, de forma que éste les da permiso para matar a todos los felinos excepto al de su mujer. Sin embargo, los empleados comienzan asesinando al gato de sus patrones. O sea, o somos los militantes del PSOE los que pedimos cambios en el partido; o somos los ciudadanos los que pedimos una democracia sin tutelas, o las cosas seguirán cambiando para que todo siga igual. Ese es el milagro, el poder de la democracia: que cualquier simple españolito se puede convertir en el líder del PSOE o en el Jefe del Estado. Como en el cuento de Giambattista Basile, “El gato con botas”. Y eso es precisamente lo que no quieren aquellos que pretenden seguir siempre arriba.

 

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