SOCIALISTA SÍ, PERO NO ASÍ

Valenciano, la republicanaDe 1936, a 1975 van 39 años.  De 1975 a 2014, otros 39. Hemos recorrido la historia sacudiéndonos los miedos, poniendo el corazón en cada lucha, pasando de trinchera a trinchera, cayendo, levantándonos y volviéndonos a caer sin perder la ilusión de ganarle la partida al tiempo, a los poderosos, a la desigualdad.  Nos hemos lamido las heridas durante mucho y ahora, traidores con corbata, nos dicen que nuestra cicatriz no duele y que debemos desandar el camino. Han hecho trizas la historia y la memoria.

39 años, y luego otros 39. Y quizás, después, vengan otros tanto. Nunca es el momento de elegir por nosotros mismos, de que el pueblo hable. Sé que arrecia otra tempestad, que el pueblo se debate en otras cuestiones vitales, en su propia supervivencia, y que no hay nada más prioritario que eso. Ahí también tenemos parte de culpa, por desgracia. Como dijo Mandela, “si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía aunque los ciudadanos voten y tengan Parlamento.”

Mi partido, de cuyas conquistas (y no son pocas) hablo siempre con orgullo, hace tiempo que ya no está, ni se le espera. Una cosa es lo que dice y otra lo que hace. Últimamente se ha abandonado a maniobras palaciegas, desde la reforma laboral a la constitucional pasando por el austericidio y, sin olvidar, el papelito de hoy en el pleno del Congreso. Traición total a su historia y desapego mayúsculo para con sus valores (la monarquía es una institución del Antiguo Régimen que vulnera el principio de igualdad, no se somete al principio de democracia activa ni pasiva, pues son derechos que se heredan). Por no hablar de la desesperanza en sus bases y en la ciudadanía en general.

Cada “sí” era un portazo a la democracia. Escuchado por boca de Alfonso Guerra sonó a un castillo que se derrumbaba, estruendoso. Su frase mítica, “a España no la va a reconocer ni la madre que la parió” convertida en gazapo de un plumazo: lo que no iba a reconocerse era al PSOE.

Han traicionado la historia, dicen por ahí. A los muchos socialistas que murieron para defender la república, que partieron al exilio, que sufrieron cárcel y represión. Y es cierto. Pero sobre todo han traicionado al pueblo, a su libertad de elección, a terminar de una vez por todas con la imposición de un dictador, a elegir entre un sistema anacrónico y otro, igual de malo seguro, pero al menos supeditado a la condición de igualdad en la que la Jefatura del Estado lo mismo puede ser asumida por un noble que por el hijo de un humilde carpintero.

Aún si admitimos que lo que hoy se votaba no era más que la sucesión procedimental de la monárquica, ¿para cuándo tiene previsto el PSOE organizar una consulta popular para que elijamos si monarquía o república? ¿Por qué no una enmienda a la totalidad que hubiese dejado abierta dicha posibilidad?

Para atrás como los cangrejos, pues ya en 1978, los socialistas nos abstuvimos de la votación del artículo 1.3 de nuestra Constitución. Hoy no. Y nos hemos retratado. Se han retratado todos los diputados socialistas, que han traicionado sus principios (exceptuando a alguno) siguiendo la inmoral disciplina de partido (el artículo 67.3 de la CE prohíbe el voto imperativo).

Pues sí, yo creo que la dignidad vale más que los 400 euros de multa por romper el voto del grupo. Otro gallo nos cantaría si existieran primarias para elegir cargos públicos, pues en lugar de dar explicaciones y contentar al jefe de turno habría que ganarse el favor de la militancia.

En 2011, el diputado José Antonio Pérez Tapias votó en contra de la reforma del artículo 135, por entender que este hecho no cumplía con su ideología y, además, se realizaba de espaldas al pueblo. Su castigo fue no repetir en las listas electorales. Ahora, Tapias quiere liderar el partido para recuperar su senda progresista, para que nunca más, como aquel día, como hoy, los socialistas tengamos que agachar la cabeza. Podemos equivocarnos, pero sin perder la identidad. Cuando esto sucede, los errores son imperdonables.

Soy socialista, sí. Pero no de los que van en corbata a votar al dictado, sino de los que se afanan en la calle. De los que, para bien o para mal, lleva al límite los postulados de nuestro partido, que no han perdido ni un ápice de actualidad. De esos a los que aún se les eriza la piel con cada injusticia que se encuentran y creen que, aún en la derrota, todo es más bonito si decidimos entre todos. No, el PSOE no era esto.

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