EL FIN DE LA HISTORIA

guerra

El paso del tiempo es implacable. Todo en la vida tiene fecha de caducidad, una impresión que en el mundo que vivimos se antoja más volátil aun si cabe. Los imperios, como las personas, nacen, crecen, se desarrollan y, agotados, acaban por morirse. Ejemplos a lo largo de la historia tenemos muchos: desde Atenas a Inglaterra, pasando por Roma, España o Francia. En esa situación está ahora EE UU, cada vez más arrinconado por el emergente mundo chino.  Y es que desde que hasta la historia misma parece tener día del juicio final, como profetizaron Hegel y Abellio o reformuló Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín (“el fin de la historia”), somos más dados a los desenlaces que a los inicios. Nadie se relame con el nacimiento de un amor, en las miradas y los momentos que surgen. Sin embargo, todos acudimos al pañuelo cuando una relación termina. Estos días hemos visto, pese a la cocina del CIS, como el milagro y ascenso de Podemos es ya toda una realidad. Pero el mundo se detiene en los partidos clásicos, en el fin del bipartidismo. Me recuerda a aquella frase sublime que Ilsa espeta a Rick en Casablanca: “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”. No tiene nada de malo, digo yo. El hombre, por naturaleza, es más dado a los hechos positivos que a los negativos, es una simple cuestión de neurociencia. Todos preferimos el amor al desamor. La conexión de nuestras neuronas, la sinapsis, que no es más que un impulso eléctrico, atiende mejor a lo bueno que a lo malo. ¿Quién de nosotros no recupera cada poco un recuerdo agradable e intenta olvidar un mal trago?

En la dicotomía que nos ocupa, sería fácil dibujar un listado con los pros y los contras de dos hombres mayúsculos que, aun estando, ya se baten en retirada. A los dos se les terminó el crédito ayer. A ambos se les veía venir. A uno, Alfonso Guerra, por la edad. A otro, Barack Obama, por la esperada derrota en ambas cámaras en las elecciones americanas de mitad de mandato, esa maraña legislativa a la que llaman midterms.

En una época de añoranza continua de lo que fuimos y de lo que somos, melancolía perenne del socialismo quizá, Alfonso Guerra era el último árbol en pie de un bosque en ruinas. El superviviente de una generación que cambió España para que no la reconociera ni la madre que la parió abrazado a unos valores y a una ilusión colectiva que ya, el PSOE, no es capaz de transmitir. Dejará su escaño el próximo mes de diciembre. Nos quedarán sus fotos en blanco y negro y sus dardos envenenados. El recuerdo de un tiempo en el que nos hicimos mayores, conquistamos la libertad y el mundo nos olía a rosas. Pero un día te despiertas y ves que has envejecido, que el tiempo es una cárcel y que el mundo sigue oliendo a naftalina. Así se sentirán muchos de los que, entusiasmados, apoyaron a Barack Obama, el primer presidente de color en EEUU, hace seis años. Su derrota en las elecciones del pasado martes es la constatación de su fracaso. El sueño fue bonito mientras duró. Obama nos insufló tal cantidad de esperanza, de energía, de vitalidad, que creímos, por un instante, recuperar los mandos del mundo. Que merecía la pena vivir. Que al final, los buenos ganaban. Fue entonces cuando nos dimos de bruces con la realidad. El “yes, we can” se convirtió en una melodía agradable que contarle a nuestros hijos mientras vamos cerrando, una a una, las páginas de nuestro libro. Pero no se apenen, por más que lo diga Fukuyama, la historia no termina. Ya lo dijimos al inicio: quédense con el principio. Aunque el desenlace te haya decepcionado, si el comienzo te ilusionó, habrá merecido la pena.

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