PALESTINA, EL INFIERNO A CIELO ABIERTO

Mientras escribo esta líneas, israelíes y palestinos discrepan en la autopsia de Abu Ein, un ministro de Mahmud Abbas. Para los primeros murió de un ataque al corazón. Los segundos sostienen que el político de Fatah fue asesinado por las fuerzas israelíes. A estas mismas horas, hace cuatro meses, la franja de Gaza soportaba el enésimo bombardeo.

gaza bombas

Aquello pasó. Pero no definitivamente. El reloj en aquella tierra no se detiene. Cualquier día, las bombas vuelven a ganarle la partida al despertador o a los gallos. La inestabilidad es absoluta. Por ello cada vez son más los ciudadanos en el mundo que tornan su mirada hasta este lugar que para muchos está maldito. A consecuencia de este creciente interés, algunos parlamentos nacionales, como el español, piden que se reconozca oficialmente a Palestina como Estado. Un derecho histórico que rechaza EEUU, Canadá y Europa y que según el embajador palestino en España, Musa Amer Odeh, terminaría con cualquier escalada de tensiones en la zona. “Nosotros sólo queremos ser un pueblo libre y vivir en paz respetando a nuestros vecinos”, dice. Suecia ha sido el primer país de la UE en reconocer Palestina como Estado independiente. Fue el pasado 30 de octubre. Pero el paso definitivo, el que pone el foco en el epicentro del problema, se ha estrenado hoy en los cines españoles.

La historia en Gaza se repite como un bucle infinito. Paz, bombardeos, muerte, destrucción. Y vuelta a empezar. Los niños no tienen infancia, no juegan, no van a la escuela, no viven tranquilos. Es el hilo conductor del documental ‘Nacido en Gaza’, del periodista argentino Hernán Zin. En él diez jóvenes que sufrieron el último ataque israelí en Gaza entre julio y agosto cuentan sus experiencias, su vida entre miseria y ruinas. El miedo de que un día, sin previo aviso, vuelvan las bombas. Ellos sólo piden vivir como “niños normales”, acorde a su edad. Poder ir a la escuela sin miedo.

Nacido en Gaza

Montasem es uno de los protagonistas de la cinta. Él era uno de los 12 niños que jugaban aquella mañana del 16 de julio en una playa de Gaza cuando un misil de la Marina israelí les alcanzó matando a cuatro, todos ellos de su familia. Él se libró, pero sigue arrastrando secuelas, sobre todo psicológicas. Lo cuenta preocupado su primo Hamada, que también estaba allí ese día. “En cualquier momento le da por gritar, tiene pesadillas por las noches y ve espíritus”. Hamada, en la foto, pide de esta manera ayuda psicológica urgente para su primo porque “aquí ya nadie lo puede ayudar”.

hamada

Las declaraciones de Montasem no dejan lugar a las dudas: “el otro día quise tirarme por el balcón pero mi hermana me agarró”. Un relato duro, pero no único. Unicef estima que 400.000 niños palestinos necesitan ayuda psicológica según un informe que la ONG publicó el pasado agosto, cuando aún no había terminado el ataque militar de Israel sobre Gaza, conocido como Margen Protector, y que acabó con la vida de 1.476 personas, 500 de ellas niños.

Hernán Zin asegura que lo peor de las guerras son las secuelas que deja. La pérdida de familiares, de amigos y de hogares, y “nosotros lo hemos querido contar por ahí, desde la herida”. Lo hacen con una banda sonora muy emotiva, obra del compositor madrileño Carlos Martín, panorámicas de ciudades convertidas en ruinas y escenas a cámara lenta que “consiguen parar el tiempo en mitad de la guerra y llevarnos a la reflexión”, según el productor del documental, el también periodista Jon Sistiaga.

zin y sistiaga

“La guerra nunca es bella, pero puede ser poética como ha conseguido Hernán”, según Sistiaga, con historias como la de Rafaj, que perdió a su padre el 1 de agosto cuando el Ejército israelí atacó la ambulancia que conducía repleta de heridos. “Mi padre era un héroe porque salvaba vidas. Lo mataron de una manera horrorosa. Ni siquiera pudimos verlo porque apenas quedaron restos visibles” cuenta mientras pregunta ante la cámara si alguien ha visto alguna guerra donde ataquen ambulancias.

Apenas tienen para material médico, y la comida es un bien escaso, siempre y cuando a Israel no le de por cortar los suministros. La obra de Zin muestra lo que está pasando en Gaza, donde el 80% de la población necesita ayuda para vivir. La familia de Mohamed no recibe ninguna. Como su padre no puede trabajar, ha tenido que dejar la escuela y hacerlo él. Recoge plásticos cada día en un vertedero que luego vende por 5 shekeles (un euro) con los que se alimenta su familia de cinco miembros. Sueña con ser pescador porque en Gaza, “el mar es el único lugar donde sentirse libre y al que mirar sin miedo a que te peguen un tiro”. Así es Palestina, un infierno a cielo abierto donde los niños se convierten demasiado pronto en adultos.

gaza mar

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