LA GUERRA DE LAS DOS ROSAS

No dejó de llover durante todo el día. Era verano y de los charcos brotaban ríos de sangre. El hedor de los cuerpos se instaló en la atmósfera. Decenas de buitres aparecieron, como hacen siempre cuando hay carroña. Más de un millar de soldados yacían inertes sobre los campos de Bosworth aquel 22 de agosto de 1485. Uno de ellos era Ricardo III, el rey que había regido el destino de Inglaterra los últimos dos años. ¿Le puede pasar lo mismo el próximo sábado a Pedro Sánchez en el Comité Federal? ¿Qué hará el aún líder socialista si los miembros del máximo órgano entre congresos dicen no a sus planes? Pedro es ya un cadáver de una formación que fagocita a quienes se declaran insumisos a unos férreos mecanismos de acatamiento. No, la culpa de Sánchez no está en los malos (malísimos) resultados electorales, sino en no plegarse al guión. Más comicios han perdido algunos líderes de los reinos de taifa y ahí siguen, sostenidos en sus militantes, ganando pírricos congresos. Es la lucha por la supervivencia de la llamada nobleza socialista.

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Aquel día de agosto en las llanuras de Leicester no solo caía Ricardo III, también finalizaba la Edad Media inglesa y, con ella, más de 30 años de una cruenta guerra civil conocida como La Guerra de las Dos Rosas, en alusión a los emblemas de las casas que se enfrentaron, los Lancaster y los York. Sin embargo, para comprender el enfrentamiento hay que retroceder un siglo en el tiempo, cuando ambas familias reclamaron para sí el trono de Inglaterra. Lo mismo ocurre con la actual contienda del PSOE. Para entenderla hay que situarse más atrás. En el seno de esta organización siempre hubo batalla interna, pero se recrudeció hace dos años, cuando los partidos socialdemócratas dejaron de pesar en la escena europea. En julio de 2014 Pedro Sánchez tomó el trono gracias a los favores sureños. De aquellos polvos estos lodos. Del Congreso Extraordinario salió un líder sin legitimidad, supeditado al dictado de su amo. El mismo (la misma) que ahora reclama para sí la corona mientras Sánchez se resiste, con todas sus fuerzas, vinculando de forma irresponsable lo orgánico con lo institucional y lo institucional con lo orgánico.

Desterrar a los críticos

Sánchez se siente poco reconocido por los líderes regionales de su partido. Por eso pretende celebrar un plebiscito sobre sí mismo. El objetivo es que la militancia le corone y destierre a sus críticos. Estos, sin embargo, lo que buscan es inaugurar, como hizo Bosworth, una nueva etapa (la de los Tudor), aunque para ello sea necesario sembrar cadáveres. Nada nuevo en las filas del PSOE. La guerra fratricida solo servirá para dos cosas: una, para demostrar que los miembros del PSOE siguen más preocupados de sus pugnas internas que de mejorar la vida de los ciudadanos. Y dos, dar un golpe más, que puede ser definitivo y mortal, a un partido con más de 137 años de historia. Si hay algo que no perdonan los electores son estas ínfulas para conquistar el poder a cualquier precio. La corrupción, como hemos comprobado elección tras elección, está a años luz.

¿Qué tipo de organización quieren Vara, Page y Díaz, entre otros barones? Es cierto que con 85 diputados (sobre 350) la razón apremia a dejar hacer a otros. Pero, ¿por qué no intentar construir un proyecto progresista? Es ético y, algunos dirán, que necesario. El socialismo nació con la ambición de abolir el capitalismo y construir una democracia igualitaria a partir de su riqueza. Las esperanzas duraron muchos años, pero después de las derrotas y las decepciones, los socialistas se han conformado con objetivos más modestos. Tanto que, de un tiempo a esta parte, apenas se diferencian de los partidos conservadores. He ahí donde se encuentra el PSOE ahora. Desde 2011 a las últimas elecciones de junio ha perdido más de seis millones de votos. Se desangra el PSOE, dicen que por el centro. ¿No será por la izquierda después de una reforma laboral, retrasar la edad de jubilación, cambiar la Constitución para limitar el techo de gasto y otros tantos recortes al Estado de bienestar que ellos mismos construyeron? Quizá Podemos no sea solo un adversario, sino el espejo en el que se ven reflejadas tantas y cada una de las esperanzas de cambio de este país. Es quizás momento para el debate tantas veces pospuesto de la refundación. Es catarsis o la nada.

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Es sabido que los líderes regionales, los llamados barones, se oponen a que Pedro Sánchez gobierne con aquellos que buscan la desaparición del PSOE. ¿Es que el PP no lo hubiese querido hace unos años, cuando era su principal rival en las urnas y le disputaba la victoria en la mayoría de territorios? Quizás la coherencia aboque a una abstención en beneficio de la gobernabilidad y, por tanto, del PP. Y quizás sea la solución más acertada. Pero, ¿de qué PP? ¿De un PP sumido en numerosos casos de corrupción y en el que el presidente parece tener una responsabilidad, al menos política? “Luis, se fuerte”, escribió a Bárcenas, como si el tesorero aguantara el portón por el que escapa el joven visionario de los Stark en Juego de Tronos, una exitosa serie televisiva basada en la obra de George R.R. Martin, inspirada a su vez en la guerra que emprendieron los Lancaster y los York hace más de cinco siglos. Canción de hielo y fuego. En esas se andarán el sábado en el Comité. Hielo para los que pierdan y fuego para todos. A la pira del PSOE solo le falta que le prendan la mecha. Y no ha sido Podemos. Han sido ellos.

Foto principal: Susana Díaz y Pedro Sánchez se saludan en un acto en Torremolinos. / Jon Nazca

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