EL COMITÉ FUNERAL DEL PSOE

“En resumen: hemos ganado los de siempre”, exclama tras las elecciones Rafael Alonso, que da vida al alcalde de la surrealista Amanece que no es poco. El PSOE hace mucho tiempo que forma parte de esos de siempre. Ahí está el abandono del marxismo; la privatización de la sanidad y la educación, a la que abrieron la puerta; la reforma laboral; el retraso en la edad de jubilación o la reforma del artículo 135. Todas esas discreciones ideológicas fueron perdonadas porque eran la alternativa a la derecha. La abstención es otra cosa: es la constatación de una rendición. El socialismo nació para dar voz a quienes no la tenían, pero ahora que pueden, no lo hacen. La mayoría de los militantes está en contra de otorgar el Gobierno al partido de los recortes, no contra cualquiera, contra los más vulnerables. Además, está sumido en múltiples casos de corrupción. Abstención e impunidad. Eso es lo que han votado hoy en el Comité Funeral unos kamikazes que van en dirección contraria al sentir de los que apuntalan la organización. De lo que se trata realmente es de apuntalar el sistema.

La socialdemocracia vive sumida en una crisis ideológica desde hace años. Pero una vez más, en lugar de solventarla, el PSOE ha elegido la pura y dura lucha de poder. De todos: los de aquí  y los de allí. Pedro Sánchez planeaba que hoy, en lugar de dirimirse la abstención, se le otorgara una prórroga de cuatro años. Pero sus críticos, que tienen la alfombra preparada desde hace tiempo para Susana Díaz, pitaron el final del partido antes de tiempo con las formas que ya todos conocemos. La pregunta que nos hacemos muchos es por qué todo el mundo se calló en julio, por qué hay dos resoluciones previas del Comité Federal diciendo que no era no y nadie alzó la voz en pro de la abstención. Pues porque ahora lo mandan aquellos a los que algunos deben su sillón y llevan al socialismo español directo a la insignificancia política. Ya nadie se acuerda de las firmas, de las manifestaciones, de las voces que los socialistas alzaron contra la gestión y la corrupción del PP. Se ha corrido un tupido velo en aras de la gobernabilidad. Luego, por patriotismo, también se pedirá el apoyo a los presupuestos y un giro de 180 grados a la razón de ser del socialismo. “No compremos un respiro momentáneo para ahogarnos en el futuro”, ha sugerido Patxi López durante el cónclave.

Nada queda ya de la noble causa que, hace 137 años, llevó a un grupo de compañeros a jugarse la vida formando una organización que se levantara contra los abusos cometidos por “los de siempre”. El socialismo no está, como el Real Madrid, para hacer las alineaciones al gusto de los que mandan, sino para transformar la sociedad. El ejemplo más pedagógico aparece en España, un libro de 1931 escrito por Salvador de Madariaga. El ministro de Instrucción Pública en la II República narra cómo en los alrededores de la Sevilla de la época, un cacique a caballo ofrece dinero a un jornalero que trabajaba sus tierras de sol a sol por un salario tan ridículo que apenas servía para alimentar a su plebe. El campesino fue contundente en su respuesta: “En mi hambre mando yo”.

Lo que sucedió a continuación, es historia. Pero a la historia, como a la militancia, hay que respetarla. Hay personas que pasaron media vida en la cárcel por defender la dignidad de su gente; socialistas que se jugaron la vida por la libertad, luchando contra las injusticias sociales, por el socialismo. Unos atrincherados en sus cargos públicos van a sacrificar la dignidad de sus mayores, aquellos que nunca se arrodillaron ante “los de siempre”. “Cuando se tome conciencia del destrozo, muchos preferirán los 85 diputados”, apuntaba hace unos días en Twitter Javier Solana, sobrino-nieto de Madariaga.

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El selfi de Susana Díaz con Soraya Sáenz de Santamaría el pasado 12 de octubre es un claro síntoma de lo que muchos venimos defendiendo hace años: la existencia de un corporativismo político. Parece que aún no hemos dejado atrás los tiempos de la alternancia, que el fantasma de la (enésima) Restauración se cierne sobre nuestras cabezas. Puede que los que abogan por la abstención no sean herejes, como mantiene Eduardo Madina, pero desde luego que es un mal síntoma para el socialismo ponerse de perfil en un momento en el que el número de pobres no deja de aumentar, la corrupción ha tomado las instituciones y los recortes ahondan cada vez más esa equidad redistributiva por la que tanto trabajaron los primeros gobiernos socialistas en España. Pero hay un tiempo para todo. Ya lo canta Dolly Parton: “Hay un tiempo para nacer; un tiempo para construir, un tiempo para coser o un tiempo para morir”. Hoy el PSOE eligió morir.

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