¡HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE!

La medianoche más oscura se instaló en la isla. Y sin embargo, todo estaba en su sitio: el silbido de las ventanas, el canto de los grillos, el horizonte estrellado y los turistas retratándose en el malecón. El tiempo suspendido. La muerte de Fidel Castro cierra 60 años de historia. Un ciclo exacto que comienza y termina un 25 de noviembre. Ese día, en 1956, Fidel partía de México a bordo del Granma con un grupo de rebeldes para derrocar a Fulgencio Batista, que cayó en 1959.Ese día, seis décadas más tarde, ha muerto.Habrá quienes hayan amanecido con un Orinoco triste paseándose por sus ojos y quienes, como los exiliados en Miami, celebren que se haya apagado la luz del Comandante. De lo que no hay duda es de que Fidel, con sus luces y sus sombras, ha sido una de las principales figuras del siglo XX.

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“El día que me muera nadie se lo va a creer”, bromeaba con sorna en ocasiones. Mucho se había dicho y escrito sobre su muerte y, sin embargo, su espíritu revolucionario se ha apagado en silencio. Hace una década que su alargada sombra ya no pone el nombre a las cosas en la isla. A muchos les queda el relato épico de Fidel como símbolo de lucha contra EEUU y sus marionetas, aquellas dictaduras bananeras que asolaron América Latina en los sesenta y los setenta. Países donde se pisotearon los derechos humanos tanto o más que en Cuba, el lugar donde los desheredados masticaron tabaco y orgullo. Fidel, el revolucionario que habló por “los enfermos que no tienen medicinas“, murió joven y sin darse cuenta, como lo hacen los iconos del pop. Luego, su obra apenas fue un reflejo de las sombras que envolvieron al mundo. Encarceló la libertad de varias generaciones y acabó con toda disidencia. La izquierda debería hacer propósito de enmienda y encontrar en otros su referente. En gente como Marcos Ana, que nos acaba de dejar. En Cuba existieron muchos como él, presos por ideas que se dejaron sus mejores años entre cuatro paredes. También tuvieron la necesidad de que le explicaran cómo es un árbol.

Quizás la historia absuelva a Fidel. Él y un grupo de incondicionales, los barbudos, fueron quienes recuperaron la soberanía del pueblo cubano. Podían jactarse de haber sido el único enemigo de EEUU en América Latina al que nunca pudieron derrotar. Su David particular. En 1961, durante 13 días, el mundo se estremeció con la crisis de los misiles. Solo la mano izquierda de Kennedy evitó el inminente conflicto nuclear que se avecinaba. La muerte de JFK  acabó con la vía reformista y Washington terminó respaldando a los militares golpistas impulsores de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Las sangrientas dictaduras militares tuteladas por EEUU posteriormente sirvieron para legitimar la Revolución. Mientras otros defendían con balas la tiranía de los poderosos, Fidel estaba en el médico que auscultaba y en la tendera que podía dar carrera a su hija.

Fidel se convirtió en sinónimo de revolución porque la encarnó levantando de nuevo la idea del socialismo cuando este ya solo aparecía en los manuales de pensamiento. Para entonces ya se había convertido en mito (entró vitoreado en La Habana tras derrotar a Batista). Se posicionó en contra del falso progreso y combatió el capitalismo desenfrenado que encuentra capital en el Black Friday. Luego abrazó las tesis soviéticas ante el estrangulamiento económico al que fue sometido su pueblo, que fue quien verdaderamente padeció el bloqueo. Se hizo más evidente después de caer el muro de Berlín, acabar la Guerra Fría y con la URSS deambulando por la historia como un fantasma. Fidel fue marxista por necesidad, no por convencimiento. Su verdadera alma estaba en Sierra Maestra,  con un machete entre los dientes, luchando palmo a palmo por su tierra y por su gente.

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A finales de julio del 2006, el líder se vio obligado a abandonar el poder tras una operación a vida o muerte. Observó desde el retiro cómo las reformas de su hermano Raúl abrían la isla. Fidel respaldó a su sucesor cuando en 2010, en una entrevista con Jeffrey Goldberg para la revista The Atlantic, dijo: “El modelo cubano ya no funciona incluso para nosotros”. La visita del Papa, el concierto de los Rolling Stones, el desfile de Chanel y el viaje a la isla del primer presidente de EEUU en más de medio siglo demuestra que Cuba estaba cambiando. Hasta la llegada de Trump, que parece dispuesto a hacer saltar en mil pedazos el deshielo que inició en 2014 la Administración Obama. La isla, de nuevo, convertida en un tablero de ajedrez en el que unos lanzan peones negros y otros torres doradas. “¡Hasta la victoria, siempre!”, le despide ahora su hermano en una alocución pública. Ha muerto un dictador, pero ha nacido una leyenda.

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