EL RELATO DE SÁNCHEZ

Edipo: ¿Cuál es el rito de la purificación? ¿Cómo ha de hacerse?

Creonte: Por medio del destierro, o resarciendo la sangre vertida con otra sangre…

(Edipo Rey, Sófocles)

El domingo está marcado en rojo en el calendario. Como cada jornada que juega en casa, una marabunta de aficionados parapetados en banderas y bufandas rojiblancas bajará por el Paseo de los Melancólicos y enfilará el Vicente Calderón para apoyar a su equipo. Será la última vez. El Atlético se muda a otro estadio más moderno, pero el partido se juega en otra liga: la de las emociones. La historia colchonera ha construido un relato épico de su destino trágico. Nada une más que las desgracias: los años en el infierno o las finales de Copa de Europa perdidas en el último suspiro.

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Lo afectivo suele desnudar en muchas ocasiones los argumentos más racionales. Como los atléticos, lo saben bien los socialistas, que ese mismo día están llamados a las urnas para elegir líder. Hay quien enarbolará la bandera programática, aunque en algún caso no dará lugar a rumiarla (por su tardanza, aunque bien podría ser por su pose liberal). Ese es el objetivo de otro bloque: mientras siga existiendo prado, habrá algo que defender. O de lo que defenderse. Y por último están aquellos que apelan a lo intangible. Mercadotecnia o relato, llámenlo como quieran. En estos tiempos líquidos, que diría Bauman, hay quien tiende a pensar que su razón es la fe verdadera y que, más allá, todo es populismo. Para estos, Pedro Sánchez es el nuevo Edipo, el rey tebano que mató a su padre y se desposó con su propia madre. La construcción del mito, como si de una tragedia griega se tratara, le ha salido gratis. Tanto se han afanado sus detractores que, al final, le han convertido en un mártir. El héroe que emerge de la nada y es capaz de mojarse. Después de Lázaro y Cristo, podríamos estar ante una tercera resurrección.

La historia no es nueva. El clima de injusticia social que imperaba en la España del siglo XIX inspiró, de forma espontánea, el surgimiento de los primeros movimientos obreros. Como el cristianismo en sus inicios, la corriente necesitó de apóstoles: hombres íntegros, profundos, austeros, consagrados en cuerpo y alma a la redención de su clase. “La voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre inconfundible de la verdad humana”, escribió Antonio Machado del padre del PSOE cuando murió, en 1925. El mito de Iglesias, defensor de los desheredados, fue el primer relato épico construido por los socialistas. Luego vinieron otros, pero ninguno unió tanto como el del exilio y la clandestinidad. Por eso la victoria del 82 fue tan celebrada: pertenecía a todos aquellos que habían sufrido durante décadas en la sombra.

El Comité Federal 

“A este lo quiero muerto hoy”, cuentan que dijo Susana Díaz en el Comité Federal del 1 de octubre. Erraron al precipitar los acontecimientos. Por entonces, Pedro Sánchez era un cadáver político. La dimisión de 17 miembros de su Ejecutiva fue un balón de oxígeno. A partir de entonces, el mártir Sánchez construyó un relato que, para muchos, es engañoso. Sus detractores suelen olvidar las dimisiones y alegan que fue el secretario general quien dejó el cargo al perder una votación. Sin embargo, el derrocamiento se había producido días antes, cuando Felipe se sintió engañado. Luego llegó la escena de la máxima autoridad y el cabreo de los militantes, que comenzaron a organizar plataformas de apoyo a un Sánchez sin gasolina. El siguiente paso fue la abstención y el destierro del exsecretario, que dudó en volver a presentarse. Después de consultar el oráculo de Delfos, despejó la margarita en Sevilla, tierra hostil.

Es cierto que Sánchez trató de perpetuarse en el poder orgánico con un congreso exprés. Incluso, puede que luego hubiese hecho oídos sordos al mandato del Comité Federal para formar un gobierno alternativo. Todo eso no justifica el ataque preventivo. El militante socialista es de los que se revela ante el poder establecido. Como el aficionado del Atlético, se crece ante la adversidad y canta bajo la lluvia, bufanda al cielo, porque algún día tiene que salir el sol. De los del partido a partido, que diría Simeone. Sánchez ha llenado plazas, salas, casas del pueblo y, sin hacer ruido, logró reunir 53.000 avales. Ahí se empezó a ganar el partido. Sin el apoyo de los barones, que prometieron irse si ganaba Sánchez. Borrell ya lo consiguió contra todos los pronósticos en 1998.

Ahora, al renacido Sánchez le refuerza la abstención del PSOE ante el PP; las exclusión de miembros de su equipo de las conferencias política y económica celebradas; la parcialidad con la que ha operado la gestora o las salidas de tono de algunos susanistas de pro. Las portadas de Díaz en La Razón o ABC tampoco han ayudado a desmitificar su aurea derechista. Su fijación con los nacionalismos, con Podemos (su socio de gobierno natural tras el tiempo de las mayorías absolutas), su gestión en la Junta de Andalucía (donde no ha aprobado ninguna medida de calado) y la feroz oposición, que ha tomado en varias ocasiones la calle, son inconvenientes añadidos a su pretensión de asaltar Moncloa. Los hay que se contentarían con mantener Andalucía, ese cortijo que hace unos días desentrañaba en el parlamento Teresa Rodríguez, de Podemos.

Sea como fuere, el PP le metió un gol al PSOE y le salió gratis. Ni terceras elecciones, ni abstención. Sánchez, critican, no tenía plan b. Como en el día de la marmota, relatan las dos derrotas de Pedro, pero pocos advierten el gran golpe: los 4,2 millones de votos que perdió Rubalcaba en 2011. Ese año, unos jóvenes tomaron las plazas españolas porque no tenían casa en la playa. Así explicaba en enero Susana Díaz su visión del movimiento indignado del 15-M. Quiere un PSOE ganador, no sé si al estilo andaluz (aunque ganó, Susana tuvo en 2015 los peores resultados de la historia del PSOE andaluz) o al de Page, Vara o Puig, presidentes gracias a la muleta de Podemos. Los indignados descubrieron, como en el mayo del 68 francés, que bajo los adoquines (socialistas), no había arena de playa. Tuvieron que crear su propio relato. Para muchos ha sido el destierro. El de otros llegará el domingo, cuando resarcen la sangre vertida con otra sangre. El hooliganismo de la política. Aúpa Atleti !!!

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