EL INFIERNO EN DOÑANA

Cuando Dante Aligheri comienza a escribir la Divina Comedia tiene 35 años y está “a mitad de camino de la vida” según la expectativa de la Biblia (Salmo 90:10). Antes de iniciar su peregrinaje por el infierno, el poeta florentino es asaltado por un león, un lince y una loba. Los animales son la alegoría de tres pecados capitales: la soberbia, la lujuria y la codicia. Muchos creen que detrás de cada incendio de verano o del infierno en el que se ha convertido Huelva estos días están ellos. La mano del hombre es devastadora. Ahí están, en la sombra, multinacionales y países a los que Kioto solo les suena a destino de vacaciones. Si esa es la actitud, los 35 años dejarán de ser una estación intermedia para convertirse en el final del trayecto.

fuego en el espacio natural que rodea Doñana, EFE

Estamos acabando con el planeta, el legado que nos dejaron nuestro abuelos y el que deberían heredar nuestros nietos. El cambio climático no es un asunto baladí. Una de las razones de la ola de calor que hemos padecido estos días está en el calentamiento global. Los científicos alertan de que la temperatura del planeta se incrementa en dos grados cada siglo. Las estaciones son más cálidas y en este mayo algunas ciudades han alcanzado temperaturas récords desde que existen registros. El fenómeno representa un riesgo para la vida humana: sequías, inundaciones, huracanes y olas de calor que derivan en problemas de salud. Un estudio de la Universidad de Hawai publicado esta semana ha encontrado hasta 783 casos de aumento de mortalidad relacionados con olas de calor en 164 ciudades de 36 países entre 1980 y 2014.

Una de las causas de estos desastres es la deforestación. Los bosques descomponen las hojas, que es la mayor fuente de fertilidad del suelo; causan las lluvias en el proceso de transpiración y generan oxígeno, esencial para la vida. Además, absorben dióxido de carbono, por lo que ayudan a limpiar el aire y combatir el efecto invernadero. El interés económico suele estar, en ocasiones, detrás de las deforestaciones. Es el caso del Amazonas, el gran pulmón del planeta, y de numerosos pelotazos urbanísticos de aquí y de allí. En nuestro país, la especulación no parece estar detrás de los incendios. Según un estudio de la Fundación Civio, solo el 0,15% de los fuegos ocurridos entre 2001 y 2013 se provocaron para obtener una modificación en el uso del suelo.

Miembros de la UME trabajan en el incendio forestal, Paco Puentes

La ingente labor de los bomberos han cercado, por fin, las llamas que estos días han arrasado Doñana mientras en la televisión pública andaluza imperaba un silencio informativo amenizado por Juan y Medio, la voz de Marisol y los niños de la copla. Sobre la tierra quemada emerge una enorme columna de humo y polvo que ha dado pie a teorías tan oscuras como la propia columna. Hay quien ha construido una verdadera confabulación al respecto. Todo empieza en enero de 2015, cuando el PP aprueba una Ley de Montes que permite recalificar los bosques incendiados siempre que el Gobierno declare el proyecto de utilidad pública. Así consideró un proyecto de Gas Natural para instalar almacenes de gas en las inmediaciones de Doñana un año después.

Miguel Ángel Soto, responsable de bosques y portavoz de Greenpeace, sostiene que no hay relación directa entre el incendio de Doñana y la Ley de Montes aprobada en 2015. “Es un bulo que volverá a aparecer por la impotencia y la rabia con cada incendio. La ley no permite recalificar terrenos quemados, establece una excepción para infraestructuras declaradas de utilidad pública y nunca se ha utilizado hasta la fecha”. El Gobierno andaluz ha asegurado que no se va a recalificar ni un solo centímetro de tierra quemada. Desde luego que no, porque Doñana no se rige por la Ley de Montes, sino por la de Parques Nacionales, que es más restrictiva.

Imagen de EFE Televisión del incendio declarado anoche en el paraje La Peñuela de Moguer

“Es por mí que se va a la ciudad del llanto”, lee Dante sobre la puerta que le lleva al infierno. Esa ciudad es hoy Moguer, el lugar donde tantas veces fui feliz. Aquí nació y creció ese burrito “pequeño y peludo” que nos robó el corazón. A Platero no le movía la lujuria ni la codicia de aquellos que están convirtiendo nuestro planeta en un infierno. Son tan peligrosos como los negacionistas, esa gente que tiene un primo científico para el que el cambio climático son los padres. El mundo arde. Lo matamos sin necesidad de quemarlo. Cuando algunos lo adviertan será demasiado tarde, porque ya estamos en el umbral que en su día cruzó Dante hacia el infierno. Entonces entenderemos que, por desgracia, las cosas importantes no se compran con dinero.

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