LA PRIMAVERA DE CATALUÑA

“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. El poeta Pablo Neruda lo tendría claro: Cataluña acabará decidiendo su futuro. Y es que, en una democracia, ejercer el derecho al voto resulta esencial. No hay fuerza que pueda detener a la calle. Entre una urna y un policía, los demócratas (y los poetas) siempre elegirán la primera opción. La democracia exige, sin embargo, unas reglas de juego. La garantía de que todos los ciudadanos tienen libertad para elegir su destino. El respeto al adversario. Una votación justa y limpia. El referéndum catalán no ha cumplido esas premisas y solo ha servido para exacerbar dos nacionalismos (el catalán y el español) en un conflicto enquistado que ya no tiene vuelta atrás. Pero nada es blanco o negro. De nuevo las dos España de Machado helándonos el corazón.

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En 2011, millones de personas en el mundo árabe tomaron las calles para pedir a sus dirigentes que terminaran con decenios de opresión. Oriente Medio y el norte de África vivieron un estallido de protestas sin precedentes. Se derrocaron líderes autoritarios que ostentaban el poder desde hacía décadas y la gente comenzó a albergar la esperanza de que esa Primavera Árabe instauraría nuevos gobiernos, traería reformas políticas y justicia social. Nada de eso ha sucedido y hoy existen más guerras porque los que ostentan el poder reprimen con virulencia a quienes se atreven a alzar la voz. Se matan moscas a cañonazos.

La Primavera Árabe se extendió como la pólvora por aquellos países que no respetaban a sus minorías, a sus territorios, al diferente. Ni siquiera al ser humano. La existencia aquí pendía de un hilo. Muchos entendieron que nada ni nadie les garantizaba seguir vivos al volver la esquina y se lanzaron a la calle sin importarles las consecuencias. Una decisión épica, casi poética, donde la razón deja paso a los sentimientos. “Vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón”, escribió Miguel Hernández hace 80 años. El corazón es un músculo noble. Hay que escucharlo. Pero las cosas no son tan negras en Cataluña, donde los derechos básicos están garantizados, existe un alto grado de convivencia y se goza de una autonomía sin parangón. El diálogo no es tan heroico y, aunque lleva más tiempo, ahorra muchos dolores de cabeza. Pero el procés corría prisa.

Carlos Yárnoz lo subrayó en un fantástico artículo hace unos días: “Todos los ciudadanos son susceptibles de ser tildados de fascistas menos los nacionalistas”. Como si el resto de España no hubiese tenido que padecer a Franco que, por cierto, siguió la línea marcada por el prócer (que no procés) del Novecento para favorecer a la burguesía catalana. Eran de los suyos y los nacionalismos se necesitan para subsistir. En el siglo XIX, la revolución industrial pilló al país a contrapié. En algunos territorios se originó una incipiente industria. Cataluña enarboló la bandera del nacionalismo, un invento romántico (como exaltación de la individualidad) y así catapultó a su burguesía, que ha estado detrás de movimientos secesionistas desde entonces.

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Cataluña se convirtió en una especie de tierra prometida. Transformada en una de las sociedades más prósperas de Europa, Lluis Companys decretó el 6 de octubre de 1934 el Estat Catalá. La violencia tomó las calles y el Gobierno de la Segunda República suspendió la autonomía. El franquismo les obligó a 40 años de silencio. Se prohibieron sus instituciones, su cultura y su lengua. La nación catalana hibernó el sentimiento de pertenencia y ha aflorado solo en momentos puntuales arrastrados por una clase social que domina los tiempos. Al final todo se simplifica a una lucha de poder entre los que mandan aquí y los que mandan allá. Ya lo dijo Francisco de Quevedo: “Mudar de señor no es ser libre”.

Los mitos de Cataluña

Cuando se restableció la democracia, tras el dictado de los posfranquistas, Cataluña recobró su riqueza cultural y su autonomía. Los españoles advertimos pronto la asimetría del nuevo Estado. Cataluña, privilegiada durante siglos, era la hermana rica y eso le obligó a contribuir más que nadie. Entonces surgió aquello del España nos roba y la construcción de un mito (falso) que ha servido para llegar hasta aquí: el momento en el que unos políticos irresponsables guían a su pueblo hasta el Mar Rojo y separan sus aguas. Los que realmente la tenían hasta el cuello eran ellos.

Mientras los Mossos, ahora vitoreados, expulsaban a la gente de sus casas y de sus plazas, el PP y la antigua CiU se financiaban ilegalmente. Lo hicieron durante décadas. Ese dopaje les hizo ganar elecciones, gobernar y construir sus cortijos políticos, desde donde favorecieron a familiares y amiguetes y desmontaron, con nocturnidad y alevosía, los principales logros de los abuelos de quienes ahora salen a la calle pidiendo independencia: la sanidad, la educación y los derechos sociales y laborales. Otros partidos actuaron como si de un corporativismo se tratara. Hasta que maduraron otras opciones que ponen en jaque el “atado y bien atado” del régimen del 78.

Estos días, ciudadanos de uno y otro bando salen a la calle a exhibir el trozo de tela con el que más se identifican. Todos mis respetos. Sin embargo, lo hacen animados por la animadversión del contrario que, como nosotros, debe levantarse a las seis de la mañana para ganarse el pan. Pa negre, que diría Agustí Villaronga. El caso que me causa más dolor es el de las izquierdas, que históricamente fueron internacionalistas. Enhorabuena a los políticos de ambos lados del caos: habéis conseguido enfrentar pueblos y territorios y convertir nuestro día a día en un constante sinsentido. Claro que, después de tanto tres por ciento, Pujol, Bárcenas, Gürtel y Taula era necesario iniciar un nuevo tiempo. Nosotros, sus marionetas, hemos picado. Por si fuese poco, hemos proporcionado un caldo de cultivo perfecto para los sentimentales del franquismo.

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La violencia no es nunca la solución, pero el 1-0 nos citamos irremediablemente con ella. El ser humano es realmente tozudo. Hay un ansia de libertad compartida, y no solo en Cataluña. Pero los cambios requieren de maceración. También quieren votar los republicanos. Y los católicos, los antitaurinos y los ecologistas. Y los veganos, por qué no. Yo mismo quiero instaurar la república independiente de mi casa. Las leyes están para cambiarlas, por muy inmovilistas que sean las autoridades. Es ético y es el leitmotiv de la evolución de las sociedades. Pero, ¿qué pasaría si otros territorios catalanes, como el Valle de Arán, quisieran seguir siendo españoles o independizarse de Cataluña?

Las verdaderas revoluciones crecen, no obstante, de abajo a arriba, no desde los despachos. Esta comenzó a proyectarse en 2010, cuando el Tribunal Constitucional desautorizó el pacto entre el Parlament y las Cortes Generales sobre el Estatut. El PP lo había denunciado dos años antes y en 2012 negó el pacto fiscal a Artur Mas. España obvió el resultado del 9-N y destruyó la nueva fórmula de integración. Era un avance hacia una nueva línea de flotación, quizás el mal menor: el federalismo. Hace tiempo que la cuestión territorial es un problema en España. También lo es el régimen del 78, como ha puesto en evidencia Cataluña, que ha construido su propio relato, irreal, para que el mundo le mire. Las imágenes de policías atizando a ciudadanos de a pie por votar les ha venido como anillo al dedo. Vaya error de cálculo.

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Puigdemunt dejó claro ayer que el Parlament haría una declaración unilateral de independencia esta misma semana. Entonces, ¿para qué arrojar a miles de ciudadanos a la calle exponiéndolos a un clima beligerante? Para conseguir ese relato. Naciones Unidas aprobó en 1945, a iniciativa de los antiguos pueblos sometidos a la dominación colonial, reconocer el derecho de autodeterminación. Un derecho aplicable a Cataluña como sujeto político. Sin embargo, el catalán no es un pueblo oprimido, por lo que su derecho tiene un límite que ha trasgredido en este proceso: la integridad territorial del Estado. Y si estuviese oprimido, ¿por qué Cataluña puede decidir sobre su futuro y sin embargo su Parlament negó en 2014 esa posibilidad a kurdos, palestinos y saharauis? La primavera se ha convertido en otoño. Ya han comenzado a caerse las hojas de los árboles. Les duele España, como a Unamuno. Su Gobierno y el de Cataluña juegan al perro y al gato. Se acabó el amor, de tanto usarlo. Ya ni siquiera la poesía puede arreglar este desaguisado. De Neruda solo nos queda aquella canción desesperada.

 

FOTO1: Agentes de la Policía Nacional intervienen las urnas en el colegio Ramon Llull de Barcelona. /Albert García

FOTO2: Protesta juvenil en Barcelona el día después del referéndum. / Susana Vera (Reuters)

FOTO3:  Un hombre trata de introducir una urna en una colegio electoral asignado en Girona para la votación del referéndum. / Francisco Seco (AP)

FOTO4:  El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, vota en un colegio Cornellá de Terri (Girona). / Europa Press

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