EL ESPEJISMO DE PUIGDEMONT

1“El hombre al que todos llamaban Carlos sabía que el mar helado que contemplaba era únicamente la imagen de un sueño”. Bernardo Atxaga no escribió pensando en el cesado president de la Generalitat, pero podría. Puigdemont es hoy también El hombre solo a pesar de pasearse en loor de multitudes por Girona poco después de lanzar un nuevo desafío al Estado. Eso sí, en diferido. Puigdemont y sus socios saben que la declaración unilateral de independencia no tiene recorrido. Como al protagonista de la novela de Atxaga, se lo repite su voz interior, su Sabino particular. Sin embargo, los independentistas se empeñan en lanzar al vacío una tierra próspera, abierta y cosmopolita. Y lo peor: en romper la convivencia de sus gentes. “Nuestra patria principal es la vida cotidiana”, insistía el sábado Atxaga, que observa con desesperanza cómo Cataluña está entrando en esa caverna de la que comienza a salir su tierra, Euskadi.

En la comparecencia televisiva, Puigdemont llamó a la resistencia. No solo no acató su destitución y la de su gobierno, también negó la legitimidad de las medidas aprobadas por el Senado y la aplicación del artículo 155 de la Constitución. “Es la consumación de una agresión premeditada a la voluntad de los catalanes”, dijo sin rubor alguien que se ha saltado todas las leyes. La Cataluña independiente aspira a formar parte del selecto grupo de la UE. Una bandera europea acompañaba a la senyera mientras hablaba el expresident. Su utilización no es baladí: intenta ganar adeptos para la causa. Sin embargo, nadie en Europa ni en el mundo ha reconocido la nueva república. “Desmembrar España es desmembrar Europa”, afirmó hace días Manuel Valls, el expresidente francés que nació en Barcelona. En el continente existen 272 regiones y hay quien teme que Cataluña sirva como efecto dominó. En la Europa del siglo XX, la palabra frontera costó millones de vidas, por eso la UE, que las difumina, es un éxito pese a sus sonoros fracasos.

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Puigdemont se empeña en ser el nuevo Rafael Casanova. El mito fundacional de Cataluña se sustenta sobre una falacia y sobre esa piedra han edificado su iglesia. Los pueblos crean su propia literatura, y la celebran: ahí está Roma, urbi et orbi, con sus Rómulo y Remo amamantados por una loba. El problema comienza cuando las leyendas traspasan el umbral y se convierten en realidad. Atxaga recreó a la perfección ese mundo en Obabakoak, que sitúa en Obaba, una pequeña población vasca ficticia donde la fantasía y la realidad se funden continuamente.

Carencias políticas

Xabier Arzalluz, que presidió durante dos décadas el PNV, llegó a defender la pureza racial del pueblo vasco. Desde luego sus raíces, como las de Cataluña, se remontan muy atrás en la historia, pero la elevación identitaria es un concepto muy moderno, del siglo XIX. “En España siempre ha habido un elemento reactivo a las periferias”, sostiene Atxaga. A su lado, el socialista Eduardo Madina replica: “Siempre hay una patria a mano para tapar las carencias de la política”. Y en esta Cataluña, en esta España, hay demasiadas carencias que tapar: los recortes, la corrupción, los desahucios, el desempleo… y hasta los sueños que nos robaron. “Nuestros sueños terminan donde comienzan los de los otros”, insistió Madina interpelando a un Puigdemont al que los árboles no dejan ver el bosque.

La naturaleza de Atxaga y Madina es una Euskadi sacudida por ETA, que golpeó a aquellos ciudadanos que no cabían en su deshumanizada geometría de sueños totalitarios. Ambos mantienen la mirada erguida porque no les pudo el miedo que durante décadas asoló al País Vasco. Saben de lo que hablan, por eso sus voces están a punto de romperse en cada palabra. La sociedad xenófoba que planteaba ETA convivía y se toleraba en bares, parroquias o escuelas. Durante largo tiempo se inoculó un nacionalismo fanático que estos años ha recorrido las arterias de la sociedad catalana y sigue instalada en buena parte de aquellos que se denominan españoles en debates territoriales, pero que se inhiben ante cuestiones cotidianas. Las banderas, por desgracia, no se comen. “La palabra patria habría que escribirla siempre con minúsculas”, insiste Madina, que sufrió un atentado en 2002. Como tantos otros, se ha pasado la vida mirando debajo del coche, desconfiando de su propia sombra por el simple hecho de pensar distinto de quienes ganaron la batalla del relato. Lo hicieron convocando los mismos instintos primarios que sirvieron a populismos y fascismos para ascender al poder. Empieza quebrándose la convivencia y lo demás ya se sabe.

El mérito de La Transición radicó precisamente en restaurar esa convivencia. Manuel Vicent, que fue cronista parlamentario durante el periodo constituyente, cuenta cómo en el Grupo Mixto del Congreso convivían personas con ideales tan antagónicos como los falangistas de Fuerza Nueva y los nacionalistas de izquierdas de Euskadiko Ezkerra, que en 1993 se fusionó con el PSOE. “Juan María Bandrés era el mismísimo demonio para Blas Piñar”. El autor de Hágase demócrata en diez días narra cómo ambos políticos no se dirigían la palabra, ni siquiera se miraban a pesar de que sus escaños estaban separados por solo cuatro bancos. “El primer día Bandrés tuvo que saltar a Piñar. Un mes más tarde, Piñar hizo el gesto de recoger las piernas. A los tres meses se levantaba y a los seis incluso se saludaban”.

PIÑAR

Piñar y Bandrés acabaron siendo amigos. En sus memorias, el falangista mostró su agradecimiento al vasco, que le avisó del peligro que corría si asistía a un acto que iba a celebrar su partido en Bilbao en octubre de 1979: “Van a colocar explosivos en tu coche y convendría que no fueras”. Piñar acudió, aparcó su vehículo, avisó a la policía y los artificieros acabaron retirando una bomba. Vincent comprendió entonces que las diferencias más extremas se arreglan con diálogo: “Tengo la sensación de que si Indalecio Prieto y Gil Robles se hubiesen tomado un café alguna vez, nunca hubiese existido la Guerra Civil”. Para saberlo haría falta un viaje en autobús, un regreso al pasado, como el de Irene, la arrepentida etarra de Esos cielos. La vida cotidiana de una Euskadi rota que novela Atxaga y a la que se encamina Cataluña si nadie lo remedia.

 

FOTO1: Puigdemont en un alto en el camino durante su paseo del sábado por Girona, donde fue aplaudido y felicitado por numerosos vecinos. / Rafael Marchante (Reuters)

FOTO2: El expresidente Carles Puigdemont en su discurso del sábado tras ser destituido. / Jordi Bedmar (EFE)

FOTO3: Juan María Bandrés charla con Blas Piñar momentos antes de una reunión de la Comisión de Interior del Congreso, en 1980. / Europa Press

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