EL VIAJE DE FRASQUI

2013-02-09 17.45.04No escribimos nuestra historia ni decidimos qué personas nos rodean. Cuando llegan o cuando nos las arrancan. Cumplimos años como quien sigue un rastro. Miramos atrás conscientes de lo que duelen los recuerdos. Son barcos en la orilla y solo cuando llegamos al precipicio comprendemos el viaje. Hace tres días que Frasqui hizo las maletas para siempre. Pocas cosas son tan ciertas como la muerte. Sin embargo, la espera nunca mitiga el dolor de la pérdida. Frasqui era mi último vínculo con la infancia. La abuela que todo niño sueña y que yo tuve aunque no fuésemos familia. Qué importa eso cuando compartes algo mucho más grandioso.

Siempre que muere un ser querido nos queda la sensación de que se nos olvidó quererle todos los días. A Frasqui era muy fácil quererla. Siempre tenía palabras de afecto para todos y jamás nada ni nadie le borró la tierna sonrisa de su cara. En Arriate, mi pueblo y el suyo que escribiría Miguel Hernández, la queríamos con locura. Frasqui era parte de mi familia mucho antes de que yo llegara al mundo. En los años de la posguerra, cuando no existía más diversión que una buena charla, acudía a jugar a las cartas cada tarde con mi tía Dolores y un grupo de amigos. Con el tiempo muchos fueron quedándose por el camino pero Frasqui, que era vecina, jamás se separó de mi familia: se convirtió en un miembro más. Me conoció recién nacido, me cogió millones de veces en sus brazos, me ayudó a dar mis primeros pasos y, junto a mí tía, me descubrió ese mundo que ahora tanto duele sin ella.

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La vida de Frasqui no fue fácil. Siendo niña tuvo que huir con sus hermanos pequeños en brazos durante la Guerra Civil. Me relató muchas veces el miedo que sintió, cómo se perdieron y los duros que fueron aquellos años de hambre y tedio. Quizás por eso no le gustaban los días nublados y temía a las tormentas. Yo la conocí cuando había superado los 60 y recorría el mundo junto a mi tía. Se apuntaban a todos los viajes y luego venían cargadas de regalos. Aún guardo con cariño alguno, pero el mayor de los tesoros fue contar con sus ejemplos en mi vida. Mucho de lo que hoy soy se lo debo a ellas. A las comidas de los domingos detrás de la vía o en el Pelistre con helado incluido en casa de Antoñita. A los martes en el sillón viendo Médico de Familia. A las riñas de negros y morados que precedían cada Semana Santa. Con ella en casa, la vida era una fiesta.

Cuando murió mi tía, Frasqui fue mi red. Y cuando me marché a Madrid para estudiar, una de mis grandes añoranzas. No había un solo día que no pensara en ellas, en lo mucho que les debía, porque ellas fueron las primeras que confiaron en mí. Mis primeras crónicas cuando yo era aún una hoja en blanco. Cada regreso al pueblo era una nueva oportunidad. No había ocasión en la que dejara de visitarla. Hasta que comenzó a estar ausente. Recuerdo aquel día y el desgarro que supone sentir que alguien que ha significado tanto en tu vida no te reconozca. Entonces entendí que se nos iba y que había sido un afortunado por disfrutarla. Uno se prepara para cuando llega el momento, pero la verdad es que nunca se está capacitado para decir adiós a quien se quiere. Por desgracia la vida no es una película que termina con final feliz.

Uno de los momentos más bellos en la historia del cine es quizás la última escena de Cinema Paradiso, dirigida por Giuseppe Tornatore. Tres minutos y medio de besos dados en películas antiguas pero censurados por un sacerdote antes de que se emitieran en el cine local. No puedo evitar sentirme estos días como Salvatore, que vuelve a su pueblo después de 30 años tras conocer la muerte de su mentor, Alfredo, el proyeccionista del cine local. Salvatore, convertido ahora en un director de éxito, se sienta en las butacas rojas que conforman la sala en la que trabajó en su juventud. Se apagan las luces y comienzan a sucederse en la pantalla imágenes románticas que nunca aparecieron en las películas que proyectó. Las escenas fueron hiladas en una cinta por Alfredo. Era su forma de despedirse de su alumno, convertido en un mar de lágrimas. Querida Frasqui, no tengo mejor forma de despedirme de ti que haciendo lo que mejor se me da, escribir. Pero quizás no haga falta porque tú y tu sonrisa me acompañaréis siempre. Gracias por haber sido un ejemplo para mí y por todo el amor que me diste.

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