NÓMADAS

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“La familia de Nazaret también fue emigrante”. La frase, lapidaria, me hizo reflexionar. La leí hace años, grafiteada en negro sobre una pared de ladrillos a la que amenazaba una madreselva. La caligrafía no era buena: tal vez descubrieron al autor en plena faena y debió huir apresuradamente. Lo mismo que el abuelo de mi amigo Juan, al que se llevaron las nubes una noche de verano de 1936. Descubrí la pintada mientras circulaba por una carretera. No era un viaje: pasaba por allí por necesidad. Nadie abandona su hogar por gusto. Ni los 630 tripulantes del Aquarius, ni los altos ejecutivos que se enriquecen al otro lado del charco, ni el abuelo de Juan, que solo pudo regresar a casa cuando murió ese señor bajito y con bigote que sigue enterrado en un mausoleo, como si de un héroe nacional se tratara.

Todos hemos sido emigrantes alguna vez. Está grabado con fuego en nuestro ADN. No pertenecemos a ningún lugar, ni siquiera al que habitamos. Después de eso, la nada. Muchos años antes de vivir en cómodas viviendas con calefacción, plasma e hilo musical, el hombre vagaba por la tierra cazando y recolectando cuanto podía para sobrevivir. No existían fronteras, ni posesiones y el hombre recorría vastas distancias ligero de equipaje. Los muros se construyeron cuando dejamos de ser nómadas. Ese día murió la humanidad: comenzamos a matar a nuestros hermanos y un trozo de tierra empezó a valer más que la vida de cualquier hombre.

Al principio de nuestra era, el emperador César Augusto obligó a todos los habitantes de las provincias orientales de Roma a inscribirse en un censo. Eso llevó a José y a María, en avanzado estado de gestación, desde Nazaret hasta Belén, de donde eran originarios. No fue casualidad: de esa manera se cumplía la profecía por la que el mesías nacería en una ciudad llamada Belén. En su evangelio, Mateo hace referencia al peregrinaje de los Reyes Magos. Cuenta que, tras adorar a Jesús, los sabios se retiraron de Belén por un camino alternativo para no tener que informar a las autoridades. Un ángel se apareció esa noche en sueños a José y le pidió que huyeran a Egipto porque Herodes había ordenado matar a los primogénitos. La familia de Jesús se convirtió en refugiada: no volvió a Galilea hasta la muerte de su etnarca.

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Al abuelo de Juan le pasó algo parecido. Nació en una familia tan pobre que su padre le dejó en un cortijo a los siete años. Guardaba cerdos por un puñado de garbanzos. En casa eran muchos hermanos y, de esa forma, su progenitor restaba una boca a la que alimentar. Pasó varios años a la intemperie, física y emocional. Hambriento, descalzo y condenado a interpretar el papel que le había tocado. Su pecado fue nacer en la familia equivocada. Años más tarde comenzó a trabajar en una carpintería. Se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) porque cada uno es preso de sus circunstancias. Su sueño era construir un mundo más justo. Unos meses más tarde un golpe de Estado le llevó a renegar de su militancia y partir al exilio. Volvió medio siglo más tarde, cuando el paisaje había cambiado tanto que se sentía un extraño en su propia tierra. Muchos lo olvidan, pero un día los españoles también fuimos refugiados.

A poca distancia de nosotros hay un continente envuelto en sombras. Un paraíso repleto de recursos donde, sin embargo, seis niños mueren cada minuto por desnutrición severa: 8.500 al día. Juegan al fútbol descalzos, con botellas de plástico o balones de trapo. Sus muñecas son palos y sus esperanzas pasan por huir en busca de una vida mejor. Son emigrantes y no alcanzan el estatus de refugiados porque nadie les persigue políticamente, pero no se me ocurre mayor persecución que la pobreza y la condena de no aspirar a tus sueños. Se juegan la vida para llegar a Europa, pero desconocen que la verdadera selva se encuentra aquí, entre rascacielos y luces de neón. A este lado del planeta la vida no se rige por las reglas de la naturaleza. Aquí lo único que importa es el peso de tu tarjeta de crédito, el apellido o la notoriedad pública que tengas. La mayoría de nosotros somos sombras que deambulan por el asfalto.

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Varios países europeos han cerrado estos días sus puertas al Aquarius. No solo han puesto en jaque la política migratoria, también a la Europa social y de los pueblos, que corre peligro de derrumbe inminente. Ningún país europeo cumplió (ni hubo intención) el acuerdo suscrito en 2017 para la reubicación de refugiados. Las miserias de los años treinta están al volver la esquina, pisemos con cuidado. Hay cosas que solo se previenen recordando el pasado. Educando. En Italia, Salvini quiere hacer un censo de gitanos para deportarlos. Manuel Valls en Francia y varios países del Este ya se habían adentrado por tan inhóspitos caminos. En Cataluña, lo español es repudiado porque “nos roban” y Trump quiere levantar un muro para aislar a una tierra construida por ingleses, irlandeses y holandeses. Incendia Oriente Próximo y su último plan es dividir a familias sin papeles. La UE parece empeñada en superarle y plantea centros de refugiados fuera de Europa.

“Nadie pondría a su hijo en una lancha a la deriva si la tierra fuese más segura que el mar”, aseguraba un integrante del Aquarius poco antes de desembarcar en Valencia con sus pequeños. Su pecado, como el abuelo de Juan, nacer en un lugar equivocado. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR) cifra en 68 millones el número de refugiados en el mundo. Entre ellos no se cuentan a los jeques, que llegan cargados de sus petrodólares y sirvientes. Da igual que opriman derechos humanos y traten a la mujer como ganado. Odiamos al pobre, no al extranjero. El débil continúa siendo un nómada al que ninguna tierra le cobija.

 

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