LOS OTROS NIÑOS DE RUSIA

Fernando Hierro levitó durante unos segundos. Todo el país voló aquella noche. Durante años sostuve la teoría de que Hierro poseía alas. Aquel gol ante Dinamarca que valió el pase al Mundial de Estados Unidos solo lo podía hacer un tipo con ángel.  Gracias a él, España vivió el 17 de noviembre de 1993 en Sevilla uno de los episodios más épicos de su historia. Yo tenía diez años y aquel primer recuerdo futbolístico sigue parpadeando nítidamente en mi memoria. El fútbol nos devuelve a la infancia. A aquel invierno frente al aparatoso Sanyo que mi padre compró para evitar una revolución los días de partido. El progreso era aún una promesa y en las casas de los pobres solo había un televisor.

yerro

Rusia es una herida abierta en el corazón de España. Es imposible volver entero de su fría estepa. Napoleón tuvo que arrodillarse después de que su Grand Armée tomara Moscú sin resistencia. Una trampa. La misma que hace una semana tendieron a Hierro, al que fueron desplumando a medida que pasaban los minutos. Se había quedado sin ángel. Volvían los tiempos de masticar decepciones como chicle. La Copa del Mundo que conquistamos en Sudáfrica queda ya tan lejos que parece un espejismo. Una sensación que comparte Nicolás Gregorio Rodríguez (Bilbao, 1928), al que el espejo le devuelve la imagen de un anciano. Sin embargo, por dentro sigue siendo un niño. Uno de los 3.000 republicanos que fueron evacuados en la Unión Soviética durante la Guerra Civil española.

El fútbol compensó el desgarro de quienes tuvieron que partir lejos de su casa y de su familia. Rodríguez sabe muy bien de lo que habla. Con una pelota, él y sus amigos rememoraban las tardes doradas de su infancia, el olor de las chimeneas de leña y el calor de sus madres. Rodríguez compartió durante años habitación en una casa de acogida con Ruperto Sagasti y Agustín Gómez, otros Niños de Rusia como él que desarrollaron brillantes carreras en el fútbol soviético. Sagasti fue un extremo derecho del Spartak de Moscú convertido en héroe nacional. Con la desintegración de la URSS, fue clave en la llegada de los primeros jugadores rusos al fútbol español en los noventa. Gómez, que jugó de lateral izquierdo, capitaneó el Torpedo de Moscú y fue un destacado dirigente del PCE en la clandestinidad.

Sagasti y Gómez ya eran mitos en su tierra de acogida cuando su patria comenzaba a hablar de los Niños de Rusia. España había impuesto durante cuatro décadas el silencio y la oscuridad. Quedaba todo tan lejano que parecía ficción. Pero no, y ahí están sus testimonios para refrendarlo. No hace falta colgarse banderitas ni darse golpes en el pecho: basta con crear un espacio que podamos compartir. Que permanezcan los restos de Franco en El Valle de los Caídos o que la nieta del dictador mantenga su título nobiliario no parece la mejor fórmula para cerrar heridas. Esas mismas cicatrices que algunos achacan a los que tratan de recuperar la dignidad de quienes aún yacen en cunetas. “Los de izquierdas son unos carcas, están todo el día con la guerra del abuelo, con la fosa de no sé quién, con la memoria histórica”. ¿Recuerdan? Lo dijo Pablo Casado, futuro líder del PP, en un congreso del partido en enero de 2009.

Casado debe recordarlo, somos de la misma generación. Aquella noche ante Dinamarca se mascaba la tragedia. Jugábamos con uno menos por la expulsión de Zubizarreta y nuestros rivales llegaban invictos. Además, un año antes habían conseguido levantar el título de campeones de Europa. No pasaba nada, nosotros teníamos a Hierro, un bigardo de pelo rizado que apareció de la nada para llevar el balón al fondo de la red, y 30 millones de gargantas. Entonces vimos un anuncio publicitario de Sanyo, aquella humilde pantalla ante la que un hijo es capaz de concentrar a un padre al que no le gusta el fútbol pero que lo sigue para recuperar esa infancia que también le habían robado.

Mi padre es otro de esos niños de la guerra. Comenzó a trabajar muy pronto y jamás tuvo tiempo de jugar. A España solo le debe dolores de espalda. Se ríe cada vez que relata aquella ocasión en la que su padre fue a la capital y le trajo un caballo de cartón como regalo. Tan poco acostumbrado estaba a ellos que lo primero que hizo fue llevar al equino hasta un arroyo para darle de beber. El caballo se diluyó en el agua como un azucarillo. Algo similar ocurrió con aquella República sin niños o las alas de Hierro. El otrora héroe nacional comenzó a perder su estrella aquel 13 de junio en el que Luis Rubiales decidió prescindir del seleccionador, Julen Lopetegui. Con Hierro se desenterraron las dos Españas y, ya se sabe, una de ellas ha de helarnos el corazón.

 

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