BLACKS, BLANCS Y BEURS

francia gana

La Francia mestiza ha sacudido todos nuestros fantasmas. Este equipo no será recordado por sus odas al fútbol, pero su victoria en el Mundial es un canto a la humanidad ahora que los años treinta aparecen de nuevo en el horizonte. Ya lo advirtió Marx: “La historia siempre se repite, la primera vez como tragedia, la segunda como farsa”. Vivimos tiempos complicados. Un presidente de EEUU que habla de inmigrantes que “infectan” las calles y que separa a niños de sus padres; un ministro italiano que ordena un censo de gitanos o un presidente en Hungría que criminaliza a los refugiados. Las catástrofes siempre empiezan con el fomento del odio, con la deshumanización del otro.

Les bleus han desmontado de nuevo este domingo el mito de la supremacía racial. A quienes tienen como credo el discurso nacionalista excluyente se les ha puesto cara de Hitler en los Juegos Olímpicos de 1936. La competición era un panfleto propagandístico para la Alemania nazi, que trataba de demostrarle al mundo la superioridad de la raza aria. Una tesis que contradijo Jesse Owens, un negro de Ohio que se colgó cuatro oros y obligó al Führer a abandonar el estadio berlinés a toda prisa, humillado. Como hace 20 años, Francia ha conquistado la copa de campeones con una plantilla multirracial. Solo cuatro de sus 23 jugadores nacieron en la Francia continental y de padres franceses. El resto vino de fuera o tiene ascendencia extranjera, especialmente africana. Un fiel reflejo de sus calles.

En 1991, cuando las tesis xenófobas del Frente Nacional comenzaban a ganar adeptos en Francia, Kofi Yamgnane, su secretario de Estado, adelantó que Europa pronto sería un continente multirracial. Yamgnane nació en la selva de Togo y era negro, lo que por entonces en la elitista y conservadora Francia era considerado una blasfemia. Sus palabras despertaron cierta polémica, se le consideró un hereje y a punto estuvo de costarle la hoguera. El tiempo, sin embargo, le ha dado la razón. En 1998, pocos años después de aquella anécdota, el país galo organizaba el Mundial de fútbol, pero la sociedad francesa miraba con recelo al equipo, repleto de negros y magrebíes. Que si no sentían el escudo, que si no cantaban el himno… Todas las dudas se disiparon cuando se alzaron con el título.

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El 12 de julio de 1998 París era una fiesta, que diría Hemingway. Ese día, el hijo de unos inmigrantes argelinos, Zinedine Zidane, levantaba la copa del mundo y se convertía en el hombre más querido por los franceses, que comenzaron a ver con otros ojos a ese conglomerado de jugadores blacks, blancs y beurs (negros, blancos y magrebíes) cuyo triunfo dejó en evidencia el discurso racista de Le Pen. Cuatro años después la actriz Marie Trintignant invocó a Zidane para evitar que Le Pen, que había conseguido el 17% de los votos en la primera vuelta de las elecciones de 2002, se convirtiera en presidente de la República.

El introvertido ídolo acabó uniéndose a la resistencia: “Hay que pensar en las consecuencias que puede tener votar a un partido que no corresponde para nada con los valores de Francia”. El fútbol es un espejo de la sociedad. Si nuestros niños tienen ídolos negros o magrebíes, si crecen en un ámbito de diversidad, en una sociedad que promueve la integración, esa generación será libre. Ya nadie podrá decirles que deben odiar al de enfrente por rezarle a otro dios o por tener un color de piel diferente.

Lo saben bien esos chicos con camiseta de cuadros rojos y blancos que se jugaban el campeonato con los franceses. La guerra de Yugoslavia supuso un conflicto étnico despiadado. Cuando Croacia declaró su independencia en 1991, las tropas de Slobodan Milosevic, apoyadas por paramilitares serbios, invadieron el país y las matanzas se sucedieron. Para justificar sus atrocidades, los serbios rescataron los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial, cuando el régimen croata de los ustashas de Ante Pavelic asesinó a miles de serbios con crueldad. Sin embargo, la Croacia de los años noventa no tenía nada que ver con la de Pavelic.

franco

Muchos de los jugadores que han defendido con honor el escudo croata nacieron fuera del país o tuvieron que abandonarlo por la guerra. El fútbol ha servido para coser heridas en un país que trata de aplacar los ánimos revisionistas. Slavenka Drakulic, la gran cronista de los Balcanes, muy crítica con el nacionalismo, sostiene que se siguen tolerando símbolos y saludos fascistas y que la UE no hace nada por evitarlo. En España, que hace ocho años ganó el título con La Roja, cientos de nostálgicos fascistas se han concentrado hoy en el Valle de los Caídos para protestar contra la decisión de exhumar los restos de Franco. La imagen me resulta imposible en Italia o Alemania. La vida, como el fútbol, nos acostumbra a la justicia poética.

 

FOTO1: Los jugadores de Francia celebran su victoria en el Mundial. / Etsuo Hara (Getty)

FOTO2: Zidane observa la copa del mundo conquistada por Francia en 1998. / CNN

FOTO3: Cientos de personas protestan este domingo en el Valle de los Caídos contra la intención de exhumar los restos de Franco. / Santi Burgos

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