MADRID ERA UNA FIESTA (ULTRA)

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Todo el mundo sabe distinguir una gallina de un elefante. Ambas palabras hacen que evoquemos automáticamente a un animal. En el primer caso, un pequeño bípedo con pico y plumas; en el segundo, un gran mamífero de grandes orejas y larga trompa. Incluso cuando pedimos a alguien que no piense en ellos los estamos evocando. Ya nadie puede pensar en otra cosa. Lo mismo ocurre con el lenguaje político: los republicanos estadounidenses, desde Ronald Reagan hasta Donald Trump, han conseguido activar en la población marcos mentales para definir las reglas de conducta. Con esta estrategia consiguen estructurar y comunicar sus ideas y destruir las posibilidades de sus adversarios. Hasta los progresistas ven ahora el mundo a través de sus ojos.

El lingüista George Lakoff relató hace una década cómo los conservadores norteamericanos habían invertido cientos de millones de dólares desde los años setenta en think tanks (laboratorios de ideas) para estudiar las estructuras más profundas de nuestro cerebro, aquellos lugares a los que no podemos acceder conscientemente, pero que conocemos por sus consecuencias: nuestra forma de razonar. El secreto está en infantilizar a los votantes y reemplazar el debate político por valores simplistas, como el de las identidades. Lo vemos cada día en Cataluña. Hace un año que la sociedad se dividió en dos y ninguna parte se aviene a razones: que las banderas no se comen, no curan enfermos, no dan clases ni construyen casas o carreteras.

trump jornada electoral

En EEUU, Trump irrumpió en la última campaña electoral como un elefante en una cacharrería, nunca mejor dicho. Nos burlamos de sus excentricidades, de sus salidas de tono y de sus postulados casposos. Detrás de los chistes y los absurdos comentarios había una estrategia perfectamente diseñada que conectaba con el votante medio. Para ello difundió la idea de que delincuencia e inmigración van de la mano; recuperó el fantasma del terrorismo y alentó el miedo a perder la identidad, cuando él mismo es fruto de la migración (su madre era escocesa) y su mujer tiene origen esloveno. El sueño americano se convirtió en pesadilla de un plumazo.

Seamos sensatos: no se odia al extranjero, al diferente, sino al pobre. Al adinerado se le pone una alfombra roja mientras que a su compatriota necesitado se le levantan muros. Las cosas no van mucho mejor en Europa. Francia vota en masa al ultraderechista Le Pen y Reino Unido quiere abandonar el mercado común europeo. Italia sufre hoy las cuotas de paro más elevadas desde la Segunda Guerra Mundial, especialmente el sur del país. Durante las dos décadas que reinó Berlusconi la izquierda nunca alzó la voz, como reprochaba Nanni Moretti a Massimo D´Alema en la inolvidable Aprile. Ahora, el vicepresidente Matteo Salvini rehúye hacer un análisis riguroso y apunta directamente a los inmigrantes como causa esencial de todos los problemas.

Señalar a un culpable por la vía de las emociones, nunca con argumentos, suele encontrar un público entusiasta al que obligan a pensar un peligroso silogismo: ellos (los malos que vienen a quitarnos el trabajo) contra nosotros. Hay otros terribles ejemplos en la historia, como el de los judíos, el pueblo sobre el que el nazismo descargó todos los males que padecía Alemania. El resultado fue una Europa sembrada de cadáveres y la promesa de que nunca más volveríamos a aceptar la deshumanización que plasmó Ernest Hemingway en sus memorias. No olvidemos que fue la crisis financiera de 1929 la que abrió las puertas del poder a los regímenes fascistas. Los paralelismos con la situación que vivimos se tornan necesarios.

Si entonces la fiesta de Hemingway era París, siete décadas después, este domingo se ha celebrado en Madrid. Por la mañana 10.000 personas han abarrotado el Palacio de Vistalegre, donde Vox, un partido de extrema derecha, ha realizado su puesta de largo de cara (al sol) a las elecciones europeas. Las encuestas ya le otorgan un escaño en el Congreso. Su proyecto político: ir contra la inmigración, suprimir las autonomías, ilegalizar los partidos “que quieran destruir la unidad territorial” y derogar la Ley de Violencia de Género. Medidas que fueron vitoreadas por familias enteras y por personajes tan mediáticos como el periodista Hermann Tertsch, el escritor Fernando Sánchez Dragó y el torero Morante de la Puebla. Viva España (no lo digo yo; era el grito de guerra de miles de excitados patriotas que ondeaban la bandera española, esa que no se come, no cura ni construye carreteras).

La generación del baby boom borró el rastro de los fascismos en Europa, pero en España, las instituciones siguen carcomidas por sus herederos y una fundación sigue difundiendo impunemente la obra y la memoria del dictador. Nos hemos pasado la vida blanqueando a la ultraderecha y, ahora, de aquellos polvos estos lodos. Lo advirtieron a la hora del ángelus Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo a propósito del torturador condecorado Billy el Niño: “No solo hay que exhumar a Franco, también hay que hacerlo con el franquismo”. O Miquel Iceta, que hace unos días dejó un recado a Ciudadanos: “Entiendo que los que han nacido del conflicto (catalán) y han crecido con él no tengan el menor interés en resolverlo”. Las autoridades progresistas advierten: pensar en un elefante perjudica seriamente la democracia.

 

FOTO1: Final del acto de Vox en el Palacio Vistalegre, este domingo en Madrid. / Kike Para

FOTO2: Donald Trump celebra la victoria electoral, en noviembre de 2016. / Reuters

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