AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

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Miramos con nostalgia a la niñez. La culpa es de la falta de oportunidades, la alopecia prematura y las redes sociales. Quienes nacimos en los ochenta charlábamos comiendo pipas en los bancos, saltábamos a la comba, bailábamos el yo-yo y jugábamos a la rayuela. Los veranos eran especialmente mágicos. Tomábamos las calles cuando caía la tarde y corríamos bajo las estrellas sin importarnos el futuro. Recuerdo que creamos una liga de fútbol por barrios y, como yo era de los más pequeños, los de La Plaza solían dejarme en el banquillo. Me dieron la alternativa en el último partido, con empate en el marcador. Enfadado, regateé a todos y metí gol en propia puerta. Unos querían colgarme y otros, abrazarme. Ese día corrí como una liebre. Aún sigo corriendo.

Fueron días felices. Años maravillosos, como los de aquella serie americana en la que una voz en off narraba los dramas de un grupo de adolescentes. Hay días en los que aún escucho en mi cabeza su musiquilla. Sin embargo, la auténtica banda sonora de aquellos días suena a pitos de carnaval y a cubos de fibra. Entonces no existía Internet, así que estábamos maquinando a todas horas. La mayoría de las ocurrencias se evaporaban rápidamente, como las gotas de rocío en la mañana. Otras han marcado a varias generaciones. Mucha culpa de eso la tiene Juan Antonio García, el hijo de la Conchi. Mi vecino. Recuerdo abrir su puerta, siempre entornada, y gritar su nombre. Era la forma de evitar la interminable escalera que lleva a su casa. Como nunca contestaba, había que armarse de valor y subir los peldaños. Y allí estaba él, recostado sobre un sillón de cuero negro tocando aquella flauta tan extraña.

Arriate acababa de crear su banda de música municipal y Juan aspiraba a tocar la trompa. Se pegó tres años solfeando (tenía nueve), pero cuando llegaban los instrumentos, nunca aparecía el suyo. Cansado de aquello, un día soñó con su propia banda. Así fue como nos reclutó a un grupo de chavales a principio de los noventa. Al inicio fue un club exclusivo para aquellos que vivíamos en La Plaza, gente a la que se le presuponía cierta tradición cofrade, como nuestro pueblo, quizás por aquello de vivir cerca de la iglesia. Imitábamos a La Legión, pero solo disponíamos de pitos de carnaval, que hacían de corneta, y cubos de fibra, que servían como tambores. Cada tarde, Juan nos obligaba a acompañarle hasta la fábrica de Durán, donde hacían unos dulces deliciosos, para recoger algunos de esos cubos vacíos en los que llegaba el cabello de ángel que rellenaba aquellos quesitos a los que aún sabe nuestra infancia.

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A la banda de Juanillo, que así la comenzaron a llamar, le salió competencia cuando un grupo de chavales creó otra banda, con idénticos instrumentos, pero que imitaba a Los Regulares. Un año después ambas se unieron para crear algo grande. No había mucho que ensayar, porque el sonido de los pitos salía solo, pero aún así Juan nos animaba. Para no molestar elegimos la acequia, una estrecha calle por la que antes pasaba un pequeño arroyo. La terraza de mi casa da a ella, así que era frecuente ver a mi madre asomada llamándome para merendar a las cinco. A las cinco en punto de la tarde. La hora de los toros. La hora en que murió Ignacio Sánchez Mejías. La hora que inmortalizó Lorca. De vez en cuando también teníamos actuaciones: imagínense a un centenar de niños tomando la vía pública sin dejar fluir el tráfico, que en Arriate es un caos por ser una encrucijada de caminos.

Juan seguía maquinando. Como entonces era monaguillo, pidió a Salvi, el párroco local, las cornetas bolladas y los chalecos con volantes que décadas antes habían utilizado Los niños del cura, la banda de música que creó don Antonio Marañón. Salvi se negó porque era muy especial. Que se lo pregunten a las hermandades del pueblo, a las que obligó a salir en Semana Santa sin más compañía que la de un triste redoblante. Juan y sus amigos aprovecharon una subida al campanario para “tomar prestados” los instrumentos y los trajes. Los liaron en sábanas y los lanzaron por una ventana a la Callejuela. En la pascua de 1993 la banda de Juanillo, pero también de Curro, del Vari, de Álvaro, del Mani, de Salva, de David, de Álex y de tantos otros, desfiló con sus trajes de luces por Arriate en una procesión infantil organizada por los hijos de Juan Ruiz, que nos pagó nuestras primeras 5.000 pesetas. El primer contrato.

los niños de la banda

Cuando el cortejo llegó a la calle Carril, donde vivía, Juan Ruiz salió a la calle notablemente emocionado. Recuerdo sus lágrimas y su promesa de que el próximo año volvería de Francia cargado de dinero para ayudarnos. No fue posible porque enfermó. Su prematura muerte nos heló el corazón. Cuando hoy la banda, de la que forman parte sus hijos, interpreta alguna marcha no puedo evitar acordarme de él. Las rifas sirvieron para que la Banda de Cornetas y Tambores Nuestra Señora del Rosario comenzara a ser una realidad. Con el dinero logrado se compraron los primeros instrumentos en Polifonía, una tienda musical de Málaga. Aquel 1993 lo cambiaría todo. Acababa de llegar al pueblo un nuevo oficial de policía, Antonio Gallardo, que se prestó a ilustrar a los jóvenes con sus nociones musicales. Y aquellos chicos fueron dejando el pito de carnaval y creciendo hasta convertirse en una de las mejores agrupaciones musicales de Andalucía. Los ensayos en el campo de fútbol desquiciaron a los vecinos, pero mereció la pena.

Conchi concibió el primer banderín con un terciopelo salmón que horrorizaba a su hijo. María la de Tenorio bordó uno nuevo y el tercero fue un regalo de la Hermandad del Prendimiento de Ronda. En él aparece por primera vez el año en el que asombraron al mundo: 1994. Ocurrió en el traslado de la Virgen del Prado, en el que Manuel les dio la alternativa. Este año han celebrado su 25 aniversario acompañando a la virgen. “Sabía que lo lograríamos, porque si no sueñas, no llegas”, admite Juan. Pasea el nombre de Arriate por toda la geografía, aunque ya no es como al principio. Entre sus 106 miembros hay gente de pueblos del entorno: Ronda, Setenil, Alcalá, Olvera, Marbella y hasta Málaga. Todos forman una gran familia y eso les hace sentirse orgullosos. Más que cualquier actuación estelar, que ha habido muchas: Sevilla, Málaga, Almería o Elche, la más reciente.

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“Aquí se ha conocido gente que luego se ha casado y ha tenido hijos”, subraya Pablo González, Blito, integrante desde los inicios. Es feliz de haber vivido tantas experiencias únicas. “Recuerdo que una vez veníamos de tocar en Murcia y paramos en una gasolinera. Se bajó toda la banda y formamos el tangay. A pesar de lo conseguido, seguimos siendo humildes. Tocamos con el corazón, ya sea en una capital o en un pueblo de 600 habitantes. Los pequeños detalles son los que te hacen especial”, reivindica Juan. Hay gente que le da las gracias por haberle apartado del mal camino. A pesar de la efeméride, lo más importante es el futuro que les aguarda. Su próximo desafío es actuar en Sevilla. Lo conseguirán porque son una banda con estrella. Allá arriba está Rafalito cuidando de los suyos. Cada nota suspendida en el aire es un pasito más hacia la gloria. La que le espera a esta banda de 25 años que nos recuerda el niño que aún llevamos dentro. El que nunca dejamos de ser.

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