SIMULACRO DE IZQUIERDAS

Todos los políticos dicen cosas de izquierdas. La fiebre alcanza incluso a los miembros del PP. Quieren salvar el Estado de bienestar, mejorar la vida de los más desfavorecidos y acabar con las desigualdades, pero una vez en el gobierno olvidan sus palabras: privatizan la sanidad, usan dinero público en la educación concertada, regalan viviendas sociales a fondos de inversión y socializan las pérdidas bancarias, como si los bancos repartieran dividendos cuando ganan mucho dinero. Algo similar sucede en el PSOE, dispuesto a revertir el Concordato con el Vaticano y la reforma laboral mientras se encuentra en la oposición, pero escurridizo cuando llega al Gobierno. “El poder es como un violín; se coge con la izquierda y se toca con la derecha”, me advirtió hace años Javier del Rey Morató, profesor de Comunicación Política.

pedro y pablo

Es justo lo que hizo Pedro Sánchez. Después de su “no es no” renunció al acta de diputado y se echó a la carretera para ganarse el favor de la militancia, a la que insistió que él, y solo él, representaba la verdadera izquierda. Sus antiguos compañeros culminaron la investidura de Mariano Rajoy. Las malas lenguas dicen que lo hicieron presionados por los poderes fácticos. De nuevo el PSOE recogía los votos de la izquierda para entregárselos a la derecha, frustrando así cualquier aspiración de cambio. Sánchez irrumpió entonces con el puño en alto. Los gestos del viejo ideario de la izquierda impregnan aún en las conciencias. Otra cosa son los hechos.

En noviembre de 2017, Jordi Évole entrevistó a Sánchez en Salvados. La intención era repasar sus dos años al frente del PSOE. Habló claro. Aseguró que había cometido el error de firmar un acuerdo de Gobierno con Ciudadanos y no hacerlo con Podemos, con quien a partir de entonces se comprometió a trabajar “codo con codo”. Sánchez reveló que ciertos empresarios trabajaron para favorecer un Gobierno conservador y que tenía fuerzas para volver a ser el secretario general de los socialistas. Venció las primarias pese a los pronósticos. De la misma manera que David derribó al gigante Goliat. La izquierda estaba de vuelta y la moción, en la que Podemos le apoyó gratuitamente para que Sánchez se convirtiese en presidente, parecía inaugurar un nuevo tiempo.

El PSOE recuperó terreno en las pasadas elecciones generales, pero las urnas no arrojaron ninguna mayoría suficiente. Entre otras cosas porque Ciudadanos cerró cualquier puerta a los socialistas. Les puso un cordón sanitario, a pesar de que tres años antes había pactado con ellos (Rivera sería vicepresidente. ¿Por qué Iglesias no puede serlo ahora?). La noche del 28 de abril un buen número de militantes se concentraron en la calle de Ferraz para recordarle a su líder que “con Rivera no”. Sánchez les aseguró que había captado el mensaje. Desde entonces hemos vivido meses de desencuentros entre la izquierda. Hace unos días el presidente en funciones anunció que las negociaciones con Podemos estaban rotas. Entre otras cosas, porque Iglesias había convocado una consulta entre la militancia. ¿Qué dirían los militantes del PSOE si fuesen preguntados?

elecciones2019

El trasfondo de la historia parece ser otro. Los socialistas afean que Iglesias haya pedido ser vicepresidente y varios ministerios. “Le propusimos que ocuparan cargos subalternos en la Administración”, se excusan los socialistas. Podemos niega que los haya pedido y Sánchez… Sánchez unas veces dice una cosa y otras, la contraria. El partido de Iglesias acusa al PSOE de no querer negociar y los socialistas culpan a Podemos de hacer “un simulacro”.  El PSOE aspira a un Gobierno monocolor, pero olvida que la política ha cambiado. La estrategia es clara: construir un relato que culpe a Podemos, convocar nuevas elecciones y apelar al voto útil (¿útil para qué?). De esa manera no tendrían nada que negociar con Iglesias, algo que ya impidió el Comité Federal del PSOE con una resolución en 2015. No contaban con que el líder de Podemos aparcaría sus legítimas aspiraciones de entrar en el Gobierno. Ahora la pelota está en el tejado de los socialistas.

Mientras la izquierda sigue sin ponerse de acuerdo, los jóvenes españoles deben esperar a los 29 años para independizarse (tres más que la media europea) y dedicar el 70% de su salario para pagar la vivienda. Mientras sucede, muchos de nosotros seguimos en trabajos precarios con sueldos miserables. Sin acuerdo, la tormenta planea sobre las políticas sociales, la sanidad, las pensiones y la educación. Por no hablar del más del millón de hogares en los que no entra un salario o del aumento imparable de la desigualdad. ¿Y si las negociaciones se hicieran con luz y taquígrafos? Imposible, de esa manera nadie podría echar balones fuera. Ni Podemos ni PSOE han estado a la altura. Sus luchas cainitas condenan a los más débiles de la cadena, a quiénes les han votado. ¿Qué les van a decir si se repiten las elecciones? ¿Les contarán que sus egos están por encima del bien común?

Costa

Me pregunto por qué la izquierda de mi país no es capaz de alcanzar un pacto de Gobierno como el de Portugal. En el país vecino, en apenas cuatro años, la cooperación de la izquierda ha logrado aumentar un 25% el salario mínimo; recuperar más de 100.000 empleos y bajar la tasa de desempleo al 9,4% (el mejor dato en más de una década). Además, el PIB crece por encima del 3% anual; las exportaciones han aumentado un 20%; los funcionarios trabajan 35 horas; se ha desarrollado un plan de choque contra la pobreza energética y se han subido las pensiones. España debería mirarse en el espejo portugués. Con Podemos y su peso proporcional en el Gobierno. O sin él. Necesitamos una izquierda capaz de dar respuesta a los problemas de la gente sencilla. Que no guarde silencio ante las desigualdades, que deje de mirarse el ombligo. Basta ya de simulacros.

 

FOTO1: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el martes en el Congreso de los Diputados. /  EFE

FOTO2: Resultados de las elecciones generales celebradas el 28 de abril. 

FOTO3: El primer ministro de Portugal, el socialista António Costa, vota en Lisboa en las europeas del 26 de mayo. / EFE

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